lunes, 27 de diciembre de 2010

FELIZ AñO NUEVO A TODOS

Muchas Gracias por seguirme este tiempo y los espero a fines de enero como siempre, mièrcoles y sábados con toda la actualidad literaria y cultural!

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Sueña

Por Santiago Ocampos


Sueña con el camello pisando la arena


Sueña con la hora tres de la tarde

sueña con el final del juego

sueña con la cabeza golpeando el papel

sueña dando la voz de mando

sueña con las sabanas despiertas

sueña en la fila de hijos del rezo

sueña con el trigo entregado a la orilla del camino

sueña con el pájaro de tus ojos abrazado a los suyos

sueña con el infinito labrado a la par del corazón

sueña con el frío de tus pies besando la mañana

sueña con la mañana que ha dejado tendida su ropa

sueña con el parnaso en la mano de la infancia dibujado

sueña con la palabra del libro de tapa azul

sueña con el ruido de las llaves al abrir una puerta

sueña con lo no dicho

sueña escribe ella.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Leyendo a Juana Bignozzi



Por Santiago Ocampos


Partiré tristezas dulces sobre la mesa

la memoria come pájaros de tierra

y desaparece por la ventana de Chagall

también los niños son tragados por la cerradura

partiré un pedazo del libro y caminaré mi calle

otra vez el ayer en un rostro sonámbulo

en un feriado sin caramelos

partiré las escaleras de la belleza

cavando las cartas

derramadas por Plaza Francia

todo para llegar antes.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Leyendo Imposible Equilibrio de Mempo Giardinelli

 
Por Santiago Ocampos


El calor era insoportable

el follaje verde haciendo

juego con el sol

de la siesta

voy por la ruta

con una mano aferrada

al volante

y la otra mano en tu rodilla

aumento la velocidad

se que nos persiguen

me contiene tu amor

perdí el miedo hace tiempo

en épocas de la dictadura

tengo un nudo en el estómago

Clelia me sirve un mate amargo

nos espera el globo

en la costa correntina

al menos en la cárcel

puedo ver el cielo.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Comentario poético de Romance de la pena negra de Federico García Lorca

Por Santiago Ocampos

Soledad: Federico toca tu pena, tu pena lo está acariciando en el sueño, Federico: su pena está cerca de la tuya, Soledad: se te fue muriendo ya en la tarde, Soledad es ahora una hoja en blanco, Federico: la estás viendo caer con el sol, Federico: te ruego que le abras tu puerta, Federico: la noche se te pone más oscura cuando ella sufre, gime, sus lágrimas arañan tus sábanas, Federico: esto no es una poesía es un ruego hondo, una carta con urgencia, Federico: se queda sin aire tu rima, Federico: Soledad te espera en su cama, Soledad tiñe tus sábanas con sus sueños, Soledad: Federico está pidiendo al degollar la aurora sus gallos tu palabra, tu delicia, tu pecho que es un tajo donde se adentran los hombres de la literatura para abandonar sus penas, sus penas terrestres, desdichas de amor como la tuya Soledad, te pide paciencia Soledad :no la escribas tan rápido Federico, que no la describas tan rápido: Federico, dibujala al compás de tu color, en tinta negra, con el claroscuro de un vaso de agua contra la simiente enamorada del sol de madrugada, Federico: escríbela más despacio para que no se ahogue en su llanto, para que Andalucía no se hunda en su paño húmedo, despacio: Federico, es un ruego, Federico: déjala ya en la escritura, déjala ya al borde de poesía, déjala ya que es un hecho literario, Federico: no rompas su mirada en el papel, no la dejes bajar de su monte oscuro, Soledad: está fundido en las lágrimas tuyas Federico, Federico: no quemes el suelo con tu paso, con tu andar enjaulado, con tus alas cortadas, con tu revolucionaria forma de hacer el amor en el verbo, déjala que llore, irremediablemente, Soledad nos abandona por ti, por tu trazo amarillo, de cobre, huele a todo menos al color, sobre caballos sudorosos sus lágrimas cabalgan, lágrimas celosas, con grillos oxidados marchan a la pena negra, Federico: te pido piedad cuando la escribas, cuando la sueltes en el jardín dónde habitan tus flores, déjala correr Federico, Soledad enamorada hacia otro lugar va, por otro camino empapada de misterio, Soledad nos despide Federico, no la dejes marchar tan pronto, despierto es como deben escribir los poetas: Federico, en tu generación no la dejes olvidada a Soledad con la piel forjada en una fragua de tinieblas, sus pechos redondos, su poesía junto a la tuya dan una vuelta completa a la tierra, a la luna, Soledad: pregunta por ti, te busca Federico para ponerte áspera, para que su trazo sea firme, para que su pulso no tropiece cuando te imagine, cuando te quiera, no lo dejes llorar, Soledad no quiere alegrías, quiere dejarse estar en la pena negra, Soledad empieza a desbocar su ternura en la playa, sus pies descalzos también se llenan de arena dulce, Soledad tiene el cuerpo temblando de amor, tiene un rumor bien tuyo Federico, ese rumor que suele sembrar tigres, Federico: la llevaste al mar, Soledad tiene pena negra, tiene ansias, toda su mujer llora, todo el deseo por entero jugado en su mujer tiene, Federico: siente su olor a olivos cuando la presentes, Federico: no te desvivas por ella, Soledad tiene el deseo de tierra como los marineros al volver a casa, Soledad está ebria, Soledad no escucha, Federico: no hables, no pises su vestido, no intentes desvestirla, su corazón tiene una pena negra, una pena de flores silvestres cuando llegan los días de frío, zumo de limón su beso, agrios saben sus labios, marchita el color, ella tiene una pena inmensa Federico, Soledad: Federico tiene una pena parecida a la tuya, Federico: la pena de ella es la tuya, el río desparrama su pena, corre Soledad con sus dos trenzas, Soledad espera un poco más de amor tuyo, Soledad: Federico tiene de azabache ya su carne, su ropa, su diálogo negro, todo es suyo, Federico: traza con lápiz negro su destino, ella no es ninguna epifanía, ella no tiene de blanco nada, Federico: déjala correr, déjala perder todas sus camisas de hilo, sus muslos de amapola, su virginidad, lávala Federico con agua de las alondras antes de expresar tu propio deseo, lávala con el perfume de España antes de la guerra civil, lávala con las mareas bajas cuando cosechabas el trigo de tu propia juventud, cuando en la escena de un teatro madrileño eras actor, cuando te volvías poeta, con esa agua y la de las alondras báñala, mojale sus cabellos con el recuerdo de tus manos, con lo posible, con lo que puedas, lávala Federico antes de que ella parta de la memoria del pueblo andaluz, perfumada te gusta Federico que llegue al sueño tuyo, déjale la paz de tu poesía Federico, déjala tendida, déjala que el amor la espere, deja que el amor haga lo suyo Federico, Soledad: deja que Federico haga lo suyo, pena negra, pena negra, te pareces a los días en los que espero la nada, pena negra que canta como un río por abajo, como una bienvenida pena negra llegas en soledad, pena negra gitana siempre sola, la madrugada pasa, y un cauce nocturno extraño todo se lo lleva, la madrugada pasa, la pena no, la pena de Federico al verla a Soledad terminar de desnudar sus palabras, al verla marchar así para siempre de la poesía, no.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

José Hernández

Por Santiago Ocampos

A caballo iba Tadeo Isidoro Cruz la noche que encontró a José Hernández envuelto en una fiebre, en el piso, contra el alambre de un campo cercano a Trenque Lauquen. Convulso se movía, la mirada perdida, tendido, como en un trance, el revólver en el cinto sin balas. Una noche de la literatura argentina, Tadeo Isidoro Cruz bajó de su caballo y le preguntó su nombre y de donde venía y obtuvo como respuesta una libreta que arrebató de las manos temblorosas del poseso y que cuentan que abrió al azar y pudo leer, presa del pánico, como su nombre iba repitiéndose tantas veces, hoja tras hoja en el filo de la luz de la luna, con las manos de un gaucho mal hablado y sucio que le sujetaba el cuello y le pedía un par de caballos para escapar por el desierto, la inspiración de la poesía descifraba el futuro por la posición de las estrellas que dibujaba, en el fondo del cielo, el aliento ígneo de la pampa entera sobre el papel, desbocada la palabra por la prisa de un ejército de poetas, protagonizaba su entereza al borde del camino entibiada por las voces que le arañaban un puñado de versos con la guitarra hombres desertores que batían a duelo a la soledad por otra vida ajena a la miseria que el gobierno les negaba, una vida con apellido y sin hambre, entre el alcohol y la peste se distinguía Martín Fierro que junto al oficial Tadeo Isidoro Cruz llegaron donde los muchachos muertos de frío y olvidados en el vientre de un país empuñaban la rabia que les pertenecía por ser argentinos y todavía sin cerrar el día un tal José Hernández en una oficina de Buenos Aires los escribía, agotado como la luz de una vela a punto de extinguirse y con más coraje que virtud, porque ese día en una ensoñación que parecía real dos hombres habían golpeado la puerta de su casa preguntando por él y al no obtener más respuesta que el silencio huyeron por el horizonte mientras caían de la memoria del escritor las sombras de la tarde.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Jean Jacques Rousseau

Por Santiago Ocampos

Arrastraba el alma, entibiada tras una infancia prematura de palabras y versos de nieve, de la política a la pequeña Francia que armaba de memoria con todas sus ciudades y accidentes en el exilio, con todas sus fronteras, sus montañas y sus mares violentos por los nuevos pensadores que hacían redoblar la sangre, presto siempre a una batalla intelectual con los fantasmas del amor, la teoría, la capacidad de poetizar de la nada, admirador del orden y precursor de las balas del romanticismo que ya poblaban Europa de sombras y leyendas medievales, entrado en años siguió clamando, trocando las palabras por la soberanía de reyes viejos, de príncipes herederos, cuestionador, sonámbulo, encantador de idiomas, Jean Jacques Rousseau por la cuesta del delirio y entre las sábanas de mujeres decadentes, con más contención que unos pies fríos, deambula Jean Jacques Rousseau por los poblados cielos de la historia con prisa y sin prudencia desertando de los ejércitos de la locura que lo asaltaban cuando contaba los años que le quedaban a la revolución después de los jacobinos, morir sin soñarla y sin ver el juicio de los inocentes, morir sin tantearla en la húmeda caricia de otra mujer cualquiera menos enamorada aún, más blanca, más previsible que le dibujaba con la boca, en las líneas de sus manos, las imágenes de las tertulias, las horas sin comer, los bailes de Versalles, el escritor Jean Jacques Rousseau gritaba hasta alcanzar las estrellas con las que iluminaba la pequeña sala hasta que el aliento impregnaba la ventana y la luz del escritorio anunciaba el fin de la práctica militar de la escritura y la noche dejaba su lugar a la plegaria aprendida, en la soledad de las oraciones que repetía de niño sin tropezar siquiera una vez, cuando todavía era libre y conciliaba el cansancio del cuerpo con los interminables viajes de Aristóteles en el mapa antiguo, que desplegaba su padre, el otro, sobre la pared, antes de crecer y partir en busca de las convenciones sociales, de los compañeros, de la sociedad, del abrigo de una mujer y de las armas empuñadas, antes de tomara la Bastilla y marchar más tarde a las campañas grandiosas de Napoleón con los ojos llorosos y tener que explicar en mitad del camino y en un pizarrón sucio, la teoría política a los soldados hambrientos y vencidos que leían con los uniformes rotos como se iban hundiendo los tesoros de un país que alguna vez lo confinó al destierro y lo obligó a pactar con el amor que proclamaba su propia voz que se perdía en el vacío de la soledad, para no sentirse indefenso, sin fuerzas, arrojado a los perros hambrientos del tiempo.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Ceferino Namuncurá

Por Santiago Ocampos

Entre los sueños el sol deshace sus palabras. Las pocas palabras de su voz. El sol le describe el camino. La arena dulce en la boca. Ceferino marcha con sus manos juntas por las bardas. La carta de mamá entre las ropas, el ruido del paso del tiempo. El sueño lo detiene todo ahora. La misma imagen al lado de su cama. La fatiga del ruido. El cansancio de viajes y viajes en los huesos. Los pájaros en la respiración. Tropieza con la noche al abrir los ojos. Extraña mucho.

El rumor de un río a lo lejos, como si el agua golpeara el asfalto. Unos gritos también en la calle. La tropa de caballos levantando las arenas del campamento. El grito de unos niños. El frío mordiendo los dedos. Las lágrimas. La abrupta separación. El huinca y sus pájaros de pólvora. La oración se prolonga. Las manos juntas. Los ojos cerrados. El humo. La luna en un jirón de amor le sostiene los recuerdos. La carta entre las ropas. Es muy tarde. El silencio en el Fortín. La poesía y los caballos caen del renglón de la noche. Otra vez la tos.

La noche es un pañuelo atado al cuello. El ruido del mar. El olor de la pobreza contra la ventana. El cuerpo tibio. Dibuja sueños. Se sienta. Viaja otra vez. La tos. El temblor del cuerpo. Es muy frío el día. Los rostros nuevos. Las manos juntas. Unas palabras en un manojo de español. No habla. Asiente. Tiembla de nuevo. El nudo en la voz de su padre. La rendición. Y la fiebre acompaña su súplica. Camino a Roma Ceferino.

La navidad. La primera de la comunidad. La cruz del sur. El agua se hincha en su frente. Cae rodando por su rostro. Por el color de su piel. El reflejo de los ojos sobre el agua. La caricia primera. Algo rompe el cielo. Otro sueño y otra vez la tos. El cielo cae con el agua por su rostro. La sed. La veranada de las ovejas. La juventud de sus manos. El agua brota de las manos del Sacerdote y cae nuevamente por el rostro de Ceferino. El viento comienza a soplar y a tocar los árboles. Viento del sur.

Hace un esfuerzo Ceferino. Trata de que sus manos no resbalen por el sudor. Mira la imagen. La contempla. Está enamorado. Pide fuerzas. Pide vencer el dolor de sus rodillas. Es muy tarde. Y el viaje aún empieza. Los brazos del padre parecieran alargarse hasta él. Como si lo estuviera viendo, sentado al lado suyo. La memoria se vuelve trabajosa. El frío en las tolderías. El frío empieza a tejerle los dolores del alma. Las estrellas se quiebran heladas. Es tarde. Ceferino mira la imagen. La recrea a través de los ojos cerrados. Va trazando otro sueño de lápiz mordido. Pierde la noción del tiempo. Relaja nuevamente sus ojos. Hace un esfuerzo increíble.

Son ahora las calles empedradas. El griterío. Las personas bien vestidas. La banca. Hombres discutiendo la suerte de su nación. Todo es vertiginoso. El trajecito bien acomodado. Es un señorito. Le incomodan las ropas. Pero quiere ayudar. Quiere ser. Quiere partir el pan en las fronteras del sur. Quiere meterse tierra adentro con el amor y el cuerpo. Quiere enamorar la pampa con sus flores vírgenes. Perfuma el silencio. Se deja llevar. Tiene Fe. El ejercicio de la memoria será su apostolado. Su servicio. Es un hombre enamorado de su tierra y la lleva transubstanciada en su palabra y en su piel. El peregrino de las manos abiertas se ofrece cordero de los sueños de Dios.

Aprende a escribir despacio. Las letras van emparejándose en el cuaderno. Aprende a leer letra a letra. No se le escapa ningún renglón, asume la prueba. Escribe despacio. Tibio. Los dedos calientes. Es tenaz. No se rinde. La paciencia todo lo alcanza. Es aplicado. No se rinde. No se queja. Se concentra con la simpleza de hallar de nuevo para volver a empezar. Cuando se acaban los ejercicios, ayuda. Se entrega para que otros puedan escribir el mismo renglón. Toma su lápiz y lo presta aunque no tenga otro. Pide más ejercicios. Continúa y no termina hasta que todos aprenden. Colabora con la lectura y permite a otros colaborar. Su voz alta es un hombre que camina en puntas de pie. Apenas levanta la cabeza. Y cuando la levanta es para mirar la imagen.

Vuelve a entibiar la garganta con la saliva. La imagen. La oscuridad lo envuelve todo pero la imagen permanece clara. Como una dulzura de luz. Las manos juntas. El dolor imborrable. La noche se consume. A pesar de todo el frío del lugar. De las paredes. De las puertas. Ceferino mira a su Madre. Ceferino conoce las oraciones a las que les da la belleza de los territorios de su padre. Las prolonga como una tarde de la Patagonia. Ceferino acepta en una Capilla de un pequeño fortín su destino. Acepta que la voluntad de Dios para su pueblo sea su sacrificio sacerdotal. Y con las manos juntas se rinde al sueño sobre un banco de madera.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Antígona de Sófocles (El Enamorado de Plata Vol.1)

Por Santiago Ocampos

Antígona corre a la muerte. Su pasado. Su antepasado sobreviene del pecado, cuya acepción latina denota yerro. Su historia tiene sabor a tormenta. A lluviecita porteña. Tiene la lengua desprevenida. El destino atado con cintitas de colores en estuche de cartón.


Su pasión desmembrada abre las puertas del parnaso o bien el comedor del palacio. A entender de Creonte, ambas puertas pueden abrirse simultáneamente. La elevación del poder humano le da a Antígona un beso nuevo, un beso después de amar el silencio del cuerpo. Después de entregar el alma al Hades. Ella que tan bien soñó con ser Reina de Tebas, está desnuda.

Siente a Polinices arrullarle una canción de cuna nueva que aún se escucha en la almohada de la heroína. Su inocencia raja la tierra en dos. Su hermano en el Hades y ella tan viva, no logra sentir el cauce de la sangre.

Sentir la vida o sentir la cercanía del ocaso. Un ocaso próximo se mezcla con el amor revuelto de Hemón. Ese amor no espera otra cosa más que el abrazo de Tebas, el abrazo de Antígona.

Ismena también queda ciega como Creonte mirando la noche porque no encuentra una mísera copa de vino que lo lleve un rato al olvido. Él los ha olvidado a todos. Su hermana ha sacrificado el corazón. Edipo, su esposo, pierde la identidad o los ojos o las manos. Sentado en la Barca que ya lo ha a pasado a recoger. Mira a Tebas en la penumbra, en las últimas lucecitas del crepúsculo. La peste ha socorrido ya las almas en pena que quedaban.

Un parnaso en forma de árbol expresa la tibieza firme de Antígona. ¡Cómo camina Antígona! Por el cuerpo invisible de Hemón trepa. Sus almas se enredan sin comprender por qué. Sus almas perduran enlazadas al mar. Se besan esperando la Barca en el muelle. Callan. Asienten. Saben. Un país nuevo para andar. Junto a Edipo.

El hermano sepultado, Eteocles, mira el sol. Aún vive. Está en el muelle. También espera. No se quiere ir hasta que llegue Polinices. No sabe que éste ya ha cruzado al otro lado.

Y Tiresias, hombre y mujer, sacude con las manos unas semillas. Va por el sendero alimentando la tierra. Alimentando el futuro. Se va yendo despacito por la memoria de Sócrates, de Platón, se va despacito, pidiendo que el siglo XXI subsista, al menos que exista.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Ernesto Cardenal


 Por Santiago Ocampos

Con las tres marías del cielo de Solentiname y un prólogo de Thomas Merton, el Señor Ernesto Cardenal hunde sus manos dentro de Managua y toda su tradición literaria para los momentos en que la poesía se queda sin voz. Con el corazón hecho un nudo de oraciones y cuentas conjuga sus sueños con el amanecer, que con esfuerzo toma su lugar en la cuesta del horizonte, sus ojos apenas ven que por el semblante de la aurora incendiada los pájaros se acercan, y es un cuerpo tembloroso el talento del Señor Ernesto Cardenal cuando la palabra que brota de la nada narra las emociones vividas una noche de San Juan de la Cruz muy personal y, es así desnudado de amor cuando la memoria poética, con sus geografías accidentadas por la dulzura, entra a la historia triste de Nicaragua como si entrara a la recámara de un rey derrotado. El Señor Ernesto Cardenal es un poeta consagrado a su palabra y en el vértigo de la altura, por el vuelo ensayado en el verbo, abre con los brazos suspendidos en el aire la infinidad de recuerdos para tener el coraje de volver al interior del vientre materno, al interior de la tierra para nacer de nuevo de las mariposas, que al aletear todas juntas en la ventana, no dejan escuchar el ruido del mar espumoso que al mezclarse en el atardecer empapan las sombras que el Señor Ernesto Cardenal vence al tomarse de la vida con sus dos manos, y, el amor con el que vive penitente entibia el cuenco de agua donde apoya su rostro que se confunde con el cuerpo doliente que busca su poesía, su pobreza, y las campanas, que anuncian en Solentiname la hora en que el poeta decidido, convencido, abrumado y atravesado como una gacela, despierta totalmente devastado por la inspiración, de la que sólo le queda un manojo de palabras que van rodando enamoradas, saciadas, invencibles, resucitadas una y otra vez, por la penumbra de su imaginación que recrea la lluvia, el deseo y el soplo primero porque todavía el Señor Ernesto Cardenal cree en el amor y ardoroso escribe sin aliento, al caer el cielo sobre Solentiname que acaricia los techos altos de las iglesias para convidar con su lluvia la esperanza de lo imposible.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Bécquer (El Enamorado de Plata Vol.1)

Por Santiago Ocampos

El era poeta, El es Poeta, El será Poeta, El era Poeta, El será Poeta, El es poeta, El era poeta. Y el poeta era la forma y la palabra el contenido con el cual se llenaba la palabra con la cual se nombraba a sí mismo. Y el poeta no era la forma sino la idea apenas esbozada por la palabra. Y el poeta bracea en la nada de los siglos. En la separación. En la ruptura conyugal del romanticismo. Y es el símbolo.

El instante mismo se vuelca en el silencio. Y callar es un acto de justicia. Es un cuerpo volteado al sol enceguecido. Y la sombra provoca la inspiración de Federico que bebe de la fuente. Y la historia apenas le moja el pañuelo. Y la leyenda abre camino a la fatiga de la noche. Y los cuerpos se estrenan en la poesía. En los libros llenos de gorriones. Y aletea la palabra apretando inoportunamente al cielo.

Y son las cartas. La confesión. Se mueven las piezas. La compostura clásica se pierde. Y el poeta escribe sin renglones. Y el poeta es un mar tembloroso. Un manojo de luciérnagas nerviosas. Una América naciendo de su boca. La mujer es tierra y también un mapa para tender la soledad del invierno. La mujer también es poesía y el cuerpo fundido en la palabra espesa de la ternura lo vuelve a él poesía. Y vuelan las hojas del otoño y con ellas vuela el poeta que se extingue con la luz del día.

¿Elisa Guillén? ¿Sabrá la historia darle un lugar? Bien decían que había que devolvérsela a quien le corresponde. A un tal Iglesias que la cortejaba desde el balcón que construyó para Gustavo. Creyendo estar allí le tendía las flores, los abrazos calientes de la poesía, de allí le dedicaba la palabra, y de tanto no ser se convirtió en otro y la identidad se asemeja a la de la Malinche que no terminó ni siendo ella misma. Y el poema es apócrifo y de Iglesias ¿Quién se acuerda? ¿Y cómo le devolvemos los sueños a Elisa Guillen? Quien creyó ser la poesía.

Y los ojos verdes tocan, rozan, raspan la piel porosa, deseosa, animosa, de los bosques donde el poeta se acostaba sudoroso, esplendoroso, rotoso, de felicidad, con la metáfora llegándole a los huesos, y, entonces un cuerpo de golondrinas pasaba ante sus ojos y eran golondrinas y eran ojos verdes y era la leyenda y escribía Gustavo y era juglar y era un trovador de Santa María Virgen y las golondrinas y los ojos verdes y Maese Pérez eran él, porque poesía era otro cuerpo que tomaba prestado por las noches para escribir o ¿escribirse? ¿Escribirse? ¿No Gustavo?

“Yo sé un himno gigante y extraño” escribía despacio mientras la noche le iba restando tiempo al alma. Y los gorriones se iban yendo. Y la Corona se iba a pique. Era la revolución. Tú la escribías y ellos la ejecutaban. No contabas con que ibas a perder tus manuscritos. Horas en la redacción del Diario “El Contemporáneo” pintando la España desnuda de vestidos imperiales, trayendo de vuelta los conejos que alguna vez dieron nombre al país en el famoso cerco de Numancia; donde Escipión pedía más papel para dibujar el mapa de Roma. Pintabas las rimas. Pero tu manuscrito fue quemado en la casa de tu amigo de sangre azul. Y la revolución de las letras era el hambre.

Y tuviste que rehacer todo. Hasta tus ojos. Verdes. Violetas. Y poesía volvió a ser ella. Poesía volviste a ser. Y poesía eres tú. Y una manada de gorriones crepitó en la pluma y tú amor prematuro fue adiós a Campoamor. Tu adiós prematuro hizo brotar al Fénix Mestizo que allá por Managua enamoraba y derribaba el Parnaso europeo. Y como te fuiste quedaste. Tocando apenas la vida. Bastó para saber que detrás de la simpleza se escondía tu yo dividido, misterioso, enamorado, tu yo poético que quedo prendido en una flor que sobrevolaba entre las cuerdas dándole al viejo piano una melodía que hasta los ángeles bajaban para escuchar. Y el día perdía sus horas y la noche se fundía en el sol y bajabas escondido entre los ángeles y tocabas el piano mientras te convertías en el protagonista (que siempre quisiste ser) de tus propias leyendas.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Leopoldo Lugones

Por Santiago Ocampos

Leopoldo Lugones asqueado por el vino hacía un buche espeso viéndose en el espejo. Transitaba con la palabra su vida, su ocaso, su dictadura, hijo del destierro, socialmente sobornable, redactaba el epígrafe en la lápida de su imaginación, bañado, prolijo, moderno. Se imitaba a sí mismo en sus primeros años de literato, recorría la infancia, la fortaleza ajada de toda intención futura que la imagen devolvía como pasado, el peinado a la gomina, los botones ajustados, el saco bien lustrado, el corazón debatiéndolo, explicándole, volviéndolo a seducir, volviéndole a insistir, él pide el niño a cambio, el olvido, el lunario sentimental también se refleja en el espejo, como un abanico humano todo el espejo, la vida cuajada, la taza de leche encima del libro, el machete en una servilleta de la soledad, el escritor contra el espejo, acorralado, exhortando a la suerte, tratando de provocar un arco iris con los dedos húmedos, el cuento de las buenas noches, la osadía de volver a vivirlo, el hombre esgrime consigo mismo en la profundidad del espejo, divulgando el secreto de sus unicornios que empezaron a brotar entonces como conejos del reflejo y de las espadas de sus palabras mientras lo real lo abarcaba, lo tragaba, lo iba tomando hasta que la fantasía tomó finalmente la dimensión de su propia muerte, tan personal, tan literaria, tan fugaz.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Comentario poético de Romance Sonámbulo de Federico García Lorca

Por Santiago Ocampos

El verde va tiñendo la hoja enmohecida, páginas de cartón dulce, violentas páginas marcándose en la tempera de los años, tú amor va pareciéndose a estas páginas, con olor a libro viejo vienes galopando por el verso escarchado, tibio, ensayado antes por ti, el libro se pone cada vez más amarillo, más verde al recuerdo, tus manos se tiñen del color verde, y verde es tu deseo, la profundidad de tu huella, verde se van poniendo los colores de la primavera, el amor se va poniendo verde, la poesía en plenitud va poniéndose verde, poniéndose verde los contornos del tiempo, la física de la rima se va poniendo verde al traerla del romancero, pero hoy el romancero siendo gitano es porque escrito está por un hombre asustado de su propia fantasía, asustado también por el brinco inesperado de su caballo, el hombre tiene traje, tiene corazón verde, y por eso redacta y empieza por el verbo, aprendiendo a domesticar el verbo con el pulso de su mano segura, inventando o esgrimiendo la pluma, no lo se, solo sabemos que verde empieza el camino, como si por un bosque al claro de la luna tratásemos de huir, de penetrar, de exhalar por la boca al hombre, al vate, al granadino, al actor, verde nos quiere a todos y por eso su deseo verde nos envuelve, nos llena de coraje verde para ir encontrando la tierra, la luna marrón, vieja como este libro donde empieza con un tajo de sangre la ansiedad, el barco sobre la mar, barco de herrumbre española, barco de señorío feudal, el barco es la griega concupiscencia de Homero, es la parca, el destino, el caballo ensillado y atado en la montaña, amarrado al hombre, al conocimiento, a lo inefable, a la inexactitud, al amor de unas sábanas de seda, ella te sueña Federico, sus sueños son los tuyos, los que como manantial quitan tu sed, te enamora Federico por eso la buscas y la imaginas, desesperándote, ella no está, ella está en una verde baranda ayunándote, esperándote, arrastrándose por tu verso, por tu arrojo a sus huesos, ella mira aunque sus ojos calienten tu ardor andaluz de plata, luna gitana, de aullidos, de demencias, de locuras, luna gitana, verde de placer, luna gitana reclamándote, pidiéndote un gesto para con su cuerpo, ella no puede saber si estás cerca, no puede sentirte, las cosas le pertenecen, le alargan la prosa poética a su destino, igual cae de tu boca como si fueras su juglar, verde, verde, verde, grandes estrellas partiéndose contra la escarcha de la madrugada, contra el empedrado, contra la ebriedad de tu aliento, hechas pedazos las estrellas, cristales desangrados de palabra, el alba, el pez, la sombra frota sus higueras, sus ramos en el viento, en el monte, en la metáfora indescifrable, Federico no dejes tus retazos de amor en el poema, Federico no dejes que ella pierda sus ropas, no la dejes morir en la literatura, aunque tu quieras llegar a ella y preguntes quien vendrá y te preguntes por donde, ella no se ha movido, no se ha roto aun más su imagen, tu palabra tiene roto su color en el verde, carne verde, pelo verde, a todo renuncias por verla morir, ella sigue en pie, esperando en su aljibe cerrar los ojos porque la luna te la está enamorando a prisa con mejores versos, unos hombres se encuentran, de un caballo hablan, a la par de la luz hablan, contra el frío el brillo de los cuchillos, la manta, sangrando viene uno de ellos, de un puerto de montaña viene, quieren cerrar el poema cuanto antes, antes de provocar tu letanía, tu fiebre aguda, tu sueño de carne viva, el hombre su destino pierde, y quiere morir por el otro, por el otro, por el otro que muestra su herida, su pecho abierto, plateada su sangre, de metal su piel, rezuman las trescientas rosas por la poesía, morenas, verdes, da igual Federico, no lo dejes morir a él tampoco, no retumbe su agua en lo no escrito, no derrames su agua en el candor de la luna que girando y bailando pone áspera la superficie del viento, las velas se apagan, y la luz gotea y rueda por el cristal donde intentas abrir los ojos Federico, húmedos los compadres, los hombres, los caballos, los emisarios, todos de verde, todos de verde, hasta las espinas de sus voces dejan un surco en tu mirada, sudor, caricia, improperio, hojalata, los farolillos de la calle se apagan porque tu quieres verlos morir, los escondes de tu altivez, mil panderos fríos estallarán heridos cuando derramen la sangre de la noche en la madrugada, la noche ahora es una plaza, una intimidad, una verde calesita imitando la luna, la guardia civil golpea las puertas, entra, iracunda, insolente, borracha y tu allí parado los ves y la ves a ella mecerse y desaparecer por el aljibe, por el aljibe que tenía de gitano el cuerpo de la niña, y el agua de ese aljibe la escribes, los ves entrar, retumbar, rechistar, repiquetear, los ves zambullirse en el esplendor de las sombras del ramaje que terminan en la boca de esa fuente clara de agua, un barco, un caballo y tú en unas hojas amarillas, en unas páginas, casi verde, en una trinchera, hambriento, inspirado, ardiente, casi verde, verde, arrojado, verde.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Juan Gelman

Por Santiago Ocampos

La poesía con sus noches, con sus estrellas despierta al hombre, al Juan Gelman poeta que conspira con el lenguaje y con las sombras que fabulan tener un alma para abrir las pesadas cortinas del tiempo de la sala donde la fiesta de la literatura despliega sus carruajes, sus disfraces, sus secretos enamorados, los reyes riman y riman con el aliento del poeta Juan Gelman flaco de perfumes, de colores y de pronto la palabra es la de de un niño dibujada en la antología de un compañero caído por las flores envenenadas de una mujer, perdido ese mismo hombre llamado Juan Gelman busca en los trajes de la poesía enhebrados mil veces los nombres escritos en cada bolsillo, manos que buscan llenas de cicatrices invisibles que auguran el futuro y el hambre porque en la poesía se reflejan y sangran y besan con la urgencia de un trueno contra la tierra el papel lleno de lágrimas y de fantasmas que visitan la morada poética creada para ellos y con el cielo entre los dientes, despedazado en la boca, el poeta Juan Gelman, hace brotar su ardor revolucionario y descalzo, cargando los huesos y las memorias queridas en los hombros, escapa de la rutina y sube y sube por el sendero que imagina para dejar allá arriba el amor que no pudo dar y permitir que Safo lo arrulle con su “voz de leche” y cuando regresa de la nostalgia de los siglos gira la puerta de su habitación como un barco llega a tierra, se sienta y vuelve a recorrer con los dedos ese país amado lleno de cifras de pobrezas, de odas a prostitutas y barcos de prófugos que el poeta Juan Gelman describe abandonando la mirada en el silencio, que gotea sobre el infinito, a pesar de que el dolor, sin previo aviso, cruza su alma como “un burrito andino” hacia el final del día cuando por fin cierra los ojos y sueña y cree y respira y escribe asaltado por la conciencia.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Ruben Darío (El Enamorado de Plata Vol.1)

Por Santiago Ocampos

Tu vaso va rompiéndose, va quebrándose tu sangre etrusca, tu sinécdoque, tu placentero manjar de palabras. El águila te abrasa la mirada. Te desnudan el desierto las ninfas del crepúsculo. Nicaragua ya tiene alas. Una gota tibia forma el contorno de América. Los alazanes corren bajo la fusta de Verlaine. El parnaso fecunda tus juveniles lecturas que ya no son las epopeyas laicas del romanticismo. Tu sueño es una fiesta en la corte de Luis Catorce. Tu corona de laureles es la palabra excelsa y magna. Tu fundación está al margen de la historia. Tu albedrío es una mujer inhallable. Luz convida tu vaso de vino. Tu aire tiene el abrigo de un mendigo. Tu boca va soltando los aedos de la Odisea, al albatro latino de Baudelaire. Un nuevo cerco numantino es tu modernismo. Tu pueblo nicaragüense herido es la luz del alba de Julio César. La romana provincia gala es tu piel. Tu antro de perdición. Tu esquina de Buenos Aires. El péndulo de la muerte gira como una espiral en el centro de la revolución que no fotografió a Martí. Tu exotismo. Tu oriente por el vino se derrama en la fiesta del sincretismo pagano báquico. Tu juventud guardaba celosamente la tierra de los césares que los conquistadores nunca hallaron. Te gustaba vagar errante y solías por las noches en los laberintos de Creta andar para matar al imperialismo mientras dormía con la espada de Teseo. Con el azar que era una piel de tigre en celo anudabas el océano. Con Ariadna en duermevela arrojabas la soga para que no avanzara la frontera del norte. Tu misterio tan español. Dos manos francesas tenías para la lengua española. Te apoyabas en el león que era tu patria, tu infancia para contemplar desde allí el idioma lleno de secretos por develar. Tus poesías son como dos ventanas a punto de cerrarse por el viento, igual que las ventanas de tu patria cuando la revolución era inminente y la tierra estaba labrada. Fuiste cosmopolita y parisino. Embarcaste en el puerto de Palos para llegar a América. Asumiste el timón cuando América aún estaba virgen de palabras. Cuando todavía no se habían conquistado sus nombres. Eras católico y alejandrino por tu verso. La lengua buscaba la juventud y la cicatriz de todos tus viajes, porque eras el hombre que construía gramaticalmente su destino. Desde tu Torre de Marfil llegaban las cartas. Eras corresponsal en melancolía. Se te fue apagando la sonrisa. Las ganas. Lo materno que quedaba dentro de Managua. Al Fénix mestizo de las letras el sol se le iba quedando entre las estrofas. En los molinos de Alonso Quijano o Don Quijote iba el sol convirtiéndose en una araña. Y las geografías se desfiguraron en el mapa. Y las sílabas revolucionarias del modernismo quedaron tendidas en las trincheras de la guerra literaria que vendría. Tu vaso rajándose está en el borde por el sentimentalismo exacerbado, y la luna en el cristal mirándose la gordura. El olor agridulce a Managua campesina. De feudales oraciones iba abandonándose tu poema. Íntimo como un sueño el poema. La soledad decretó tu exilio. El verso caminó entonces por los desfiladeros de la penitencia. Tu tiempo al mar no llegó nunca más. Tu poema es el carbón con que Cortés incendió Tenochitlán. Ese mismo incendio vegetal ligó a Sor Juana a las estrellas. Esa misma generosidad templa tu vaso y te pone oscuro. Tu poesía es una princesa triste esperando el regreso. Al amanecer Solentiname repite su oración. Al amanecer tu verso hace cenizas el ritmo de los malos poetas que llenaron de perfume la crónica nocturna de tu escuela. Tu cosmética entibia el espejo de la ciudad que no se atreve a nombrarse. Ciudad que después convocó a Pablo Neruda para que la llamara pueblo. El derrame de tu música es el sonido de una patria huyendo del suplicio de Caupolicán. Las alas despliega el águila en el vértice donde acaba o empieza la América tuya. En un trozo de papel las palabras descienden por el simple hecho de ser como el arte que también se suele dar por amor. El alma, tan cercana al cielo como a la madre, a la tierra, está. El cuerpo tuyo: una conspiración contra la vanguardia porque tu universo está hecho de la dulzura fría del emigrado. Tu principio está tocando la dureza intelectual de Juan Ramón Jiménez. La melodía de tu elegía será griega porque tu melodía viene de Troya para acabar como un río en la desembocadura clara del futuro. La melodía tocada estará por la siringa del hermano al que le pediste la luz. Las campanas de la divinidad griega del todo suenan ya. El cuerpo de la literatura universal erotiza todos tus trópicos cuando te da su nombre para que vivas por ella.

El poeta hunde su cabeza en el hueco de sus brazos que descansan encima de la mesa, mira hacia fuera, escondiéndose, observa el surco de luz formado, la trama del alma, mira las estrellas brotar de la nada enlazadas como versos enamorados que aún no dicen nada, que aún esperan. El vaso derrama el deseo que fluye como una jornada de lluvia de Managua y la aurora tiene fiebre y tiembla y apenas es una brisa trayendo la mañana, trayendo la mañana y la noticia del matutino.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

La nervadura del silencio –Comentario a la poesía de Amalia Abaria*-

Por Santiago Ocampos

Amalia Abaria es una poetisa nacida para atar la memoria a su inspiración. Con sencillez, la palabra es ordenada por el esfuerzo del vaivén de las imágenes que van tomando, poco a poco, la premura del color hasta llegar al presente. Las metáforas intentan retener y volver a vivir sensaciones pasadas. Por medio del ritmo poético estos recuerdos se hacen eternos, dulces, semánticamente libres.

Ordenado por las emociones, y no por un orden cronológico, cada viaje al pasado se presenta como una ensoñación. El estado de ánimo está determinado por la posibilidad de detener el tiempo. Y cada respuesta vacía es una melancolía pasajera que se traduce en la necesidad de ser fiel a los detalles descriptos.

Los temas poetizados giran alrededor de la ansiedad, reflejada en la palabra, bajo una tensa calma. El silencio, aliado indispensable, es un rumor que cruza, con toda su nervadura, un espacio invisible donde mora el alma que presagia el instante y se derrama enamorada en la contemplación de las cosas.

Por medio de pequeños brotes significativos los gestos humanos como el llanto, son convertidos en el reflejo de un sentir que intenta describir la brevedad de un momento. Transubstanciada en una lágrima o en una casa, la poesía personalizada de esta forma, hace que sufrir, temblar o dudar adquiera connotaciones más profundas al identificarse con la realidad a la que la autora intenta dar existencia.

El tiempo es la búsqueda de una profunda interrogación sobre su sentido. Así, las imágenes de la infancia se suceden y se repiten hasta que el eco de la niñez devuelve su doloroso cuestionamiento al hombre adulto. “¿Donde estarán los ojos de ese tiempo/ del que ahora nos llega lejanamente nuestro,/ tan lejos de esta historia que graban las paredes/ y las manos altas”.

La naturaleza es un impulso a pensar sobre lo inefable y de aquello que apenas puede ser dicho o descripto. La contemplación del misterio, que nos mantiene vivos, crece a través de una suerte de ensimismamiento poético. Cada verso es colmado por la fragilidad ante la inmensidad. “Solo el viento hamaca definitivamente/su multitud infinita y parece, entonces/ un muelle solo y perdido”.

Amalia Abaria comprende la soledad del oficio de escribir y, a la vez, entiende con sabiduría que la vida es un caminar, un infinito sueño donde los recuerdos nos interpelan, nos sacuden para que despertemos. En sus trabajos poéticos su alma se extiende con todo el color de la vida y con desnuda paciencia convoca a aquellos silencios fecundos, pronunciados y vencidos “mientras la lluvia cae en nuestro pequeño mundo” para celebrar la palabra.

*Amalia Abaria nació en Buenos Aires, es Licenciada en Sociología y es una apasionada de la literatura y la pintura. Obtuvo diversos premios y distinciones por sus poesías y participó en diversos talleres literarios. Publicó dos libros de poesía “Del lado de la vida” (1984) y “Caminos” (2009). Para mayor información de la autora remitirse a su blog: http://www.amaabaria.over-blog.com/


Dedicado al Aguaribay

Con tu caudal de copa espesa,

con tus bordes de delicadas plumas pendulares,

con tu enorme curva de copa que cae,

llegas al perfecto mundo de la espera.



Como un manto de pequeñas cascadas, las breves hojas,

penden su silencio de árbol cóncavo,

como la sombra,

la sombra que abajo se derrama

y nutre la fina alfombra del suelo seco.



Si el pájaro busca su refugio

o cuando la lluvia late su honda transparencia

en las pequeñas ramas,

apenas la inmóvil forma se desplaza,

desgajándose apenas.



Sólo el viento hamaca definitivamente

su multitud infinita

y parece, entonces,

un muelle solo y perdido.

Amalia Abaria

sábado, 30 de octubre de 2010

James Joyce


Por Santiago Ocampos

Las hojas en blanco comenzaban a llenarse de nombres que eran ciudades que a la vez evocaban el olor a hierba cocida en agua hirviendo de la infancia. Olor a menta, a fosforescencia. Verdor que mancha. Epifanía del dolor. Empezaban a marchar al exilio las delicias que el tacto camino al norte imaginaba con los dedos. Hacia la Europa insular su deseo iba peregrinando por una cosmopista hecha con el dolor. Las hojas sin demora se llenaban de universidades, de mujeres jóvenes junto a un prado que hacían el amor por el futuro que les regalaba a cambio. Y rememoraba en su inventario literario el movimiento del viento contra la inspiración que crujía como una rama en la tormenta de la metáfora genial. Empezaban las palabras una a una a llenar el vacío de las almas de purgatorio. La morada del escritor era una herida abierta por el filo de un poema de Yeats. Cuchillada dulce, fría, de un pasado propio y compartido consigo mismo. Con los ojos llorosos nombraba el gentilicio de su origen. Una metáfora más y los héroes morían en el naufragio de la voz de la Irlanda que llevaban a cuestas. A Stephen Dedalus agazapado como un lobo hambriento el escritor le enseñaba la historia de sus abuelos. Y el estallido de la tinta, le plagiaba las conversaciones al tiempo. Revivía la osadía de marcharse de Paris temprano con la cabeza y escapaba a Irlanda. El escritor tenía el semblante de un guerrero. De un celta. De un muerto en vida. Cuando se sentía adolescente volvía del universo de Dublín y escribía su retrato en el vapor de la ventana. Obligaba a todos sus discípulos a conversar de Bloom, de Ítaca y de la forma de hacer el amor de Penélope. La perpetua conspiración de la palabra lo inquietaba. Con el andar épico de Whitman el escritor deambulaba ebrio por la cartografía de la Europa Continental. Cuando llegaba a Grecia le abría de golpe la boca y la obligaba al beso. Conocía cada uno de sus vestidos y edipos pero según parece la amaba más cuando se quedaba desnuda. La recorría interminables horas con los labios, toda la piel era la desventura de Ulises o Dublín descripta como el abrazo de una madre. Surcaba mares con la paciencia de un marinero por ver tierra. Los ojos verdes y al horizonte vástago de la niebla migraba al sentir la esencia del instante irrepetible. Inspirado, voraz, siempre se anticipaba al yo de carne y hueso, al hombre común que no era el fantasma. Arrodillado frente a la literatura, el niño del laberinto comenzó a madurar muy temprano y en el espejo una puerta abierta le indicaba la hora de la tarde, cuando el mundo volvía a girar para el escritor, el poeta, el inventor de libros, que iba de la memoria al presente, a la lectura diaria, al olor a mar de sus vicios literarios que lo hizo el intelectual de la leyenda, el ícono de lo indescifrable, de lo imprevisible, un ciudadano con derecho a voto en el país de “nunca jamás”.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Amor intelectual –Comentario a la poesía de Jorge Nuñez*-

Por Santiago Ocampos

Jorge Nuñez es un escritor que combina la poesía y la reflexión filosófica por medio de una narrativa que, progresivamente, va cercando las palabras hasta hundirlas en la claridad de la revelación. De esta forma, intenta dar cuenta de lo que los sentidos han impreso al experimentar la duda con todo el peso de su reflejo.

Con precocidad la propia existencia es cuestionada en cada lectura filosófica, trazada en el mapa de la rutina para darle a cada idea con la que batalla el pensamiento su correspondencia real. Platónico por elección, divide el mundo literario en el que sus personajes viven con sus inquisiciones personales.

La ternura no es puesta en escena como una suerte de primavera, sino más bien, es una queja, una angustia, que el cuerpo reclama desde el alma hasta sentir el amor, aunque en el espejo el rostro amado se desvanezca ante el intento de arroparlo con las manos desiertas.

El encuentro de los amantes es un instante fugaz. Prima el miedo a la separación por sobre las sensaciones de placer. Siempre es una divagación constante que prevé el desenlace final, la desaparición por la boca del olvido. La mujer es una presencia fantasmagórica que se transforma en fragilidad, en tiempo, y la única forma para hacerla volver es escribirla.

El vocabulario procede del acervo de un intelectual preocupado. Muchas veces el ritmo poético está signado por el sonido armónico de la evocación del pasado que, ahogado en las delicias de la imaginación, logra volar al abrazo postergando las ansias frustradas por el deseo de alcanzar aquella joven flor platónica, por la que el mismo Jorge Luis Borges hubiera dado toda su carrera literaria a cambio.

La presencia de un alter ego hace que la narración tenga siempre una doble lectura. El verdadero yo encuentra en el otro un canal donde rendir cuentas del dolor y de la sensación de extravío, en un mundo que no comprende la esencia del poetizar. Ambos jorges buscan la dulzura profunda que solo puede fundar una mujer con todos sus cielos y todos sus pájaros.

La locura es una ruptura con el mundo exterior. Planteada desde la interioridad de los personajes se presenta bajo un silencio del que nadie se percata. Simplemente existe y las palabras que nadie escucha corren como el agua de una canilla abierta, sin poesía alguna, sin despedida. El amor, al igual que la locura, aparecen sin aviso y forman en el alma, un pueblo de flores y lágrimas que huelen a lluvia que fecunda la tierra prometida.

Jorge Nuñez recoge de la tradición literaria, el amparo de la filosofía que bebe del cuenco que sus manos forman, la épica de los sueños humanos. Con lucidez, lleva su pensamiento a la escritura para encontrar un diálogo consigo mismo, entre el personaje y el escritor y, llevarse el sol para encender la memoria que inundada de imágenes se rinde, con todos sus soldados insomnes, a la soledad.

*Jorge Nuñez nació en Cipolletti. Es estudiante de Piscología, músico aficionado, amante de la filosofía, participa en las actividades del Círculo de Escritores del Comahue del que es miembro y por el cual coordina los talleres literarios en las escuelas de enseñanza media. Para más datos del autor y su obra remitirse a www.jorgen.com.ar

Esa mueca

Silencio tengo a las respuestas

siempre que te ausentas,

si, es cierto, es otra vez el mismo poema

¿sabés que no me canso de cantártelo?


Sábanas refregan mares en honor a tu fragancia

sentirte, hoy, ayer, no importa…

Sólo quiero, que me tengas en cuenta, en tanto

sólo quiero que seas mía otra vez.


Sonríe tu fantasma… esa mueca, es inigualable,

sería una mentira que trate borrarla.

Sin opción, no queda más que rogarte

si acaso ¿no me devuelves las alas otra vez?


Jorge Nuñez

sábado, 23 de octubre de 2010

Sobre cíclopes y pájaros de nieve -Comentario a la poesía de Natalia Litvinova*-

Por Santiago Ocampos

Natalia Litvinova es una escritora que asume el oficio de la poesía para dibujar con la palabra, como si fuera un lápiz fino, cada instante de su vida. Con paciencia impone a la inspiración, el latido de pequeños recuerdos que recorren la memoria. De pronto la ternura familiar, la ansiedad, la nieve y la infancia son retratadas tan íntimamente que por un momento pareciera que estuviéramos allí, invitados a vivirlas junto a ella.

Cual si fuera Odiseo partiendo de Ítaca y sin poder regresar por la furia de los dioses, la autora descubre en cada páramo, donde todo su ser literario descansa, el sentido de lo inevitable del hambre y la ignominia de la rabia por no llegar a tierra y estar obligada otra vez a sumar, a fuerza de tedio, nombres y olvidos. Perdida en la orilla de la imaginación, construye la mirada de sí misma con “las sobras de la marea alta”.

La nieve, no sólo es un espacio evocado, si no que muchas veces es una personificación que tiene motivaciones humanas o bien, es la esperanza que se demora mientras el silencio, que significa crecer, es arropado por la figura paterna. Al final de la temporada de invierno, la niña que escribe es una mujer indescifrable, peregrina, perfumada por la primavera, que aprendió a recordar.

En las poesías, las personas siempre están llegando o yéndose. En un perpetuo movimiento el rimo poético tiene el ruido de esos pasos de seres humanos sin rostro, que no tienen retorno. Viajan como fantasmas sobre la nada movidos por lo inevitable del destino que los mueve con sus hilos invisibles. Nadie los espera en ningún lado, simplemente arrastran sus pesados cuerpos de un lugar a otro y celebran la vida “sin vino y sin casa”.

La ansiedad impresa en la metáfora denota un tiempo interior agitado. La belleza de las imágenes está empapada por el color que el alma transforma, con la prisa del invierno de Gomel, en calor y fuego que abrigan el miedo ocasional al exterior, el que desde la ventana resulta amenazante, “tridimensional”.

El deseo es un motor que trastoca la realidad al impulsar la escritura a conjugarla con sus ilusiones y sus sueños. “Voy arando campos para desentrenar los soldados de mi guerra”. La batalla del quiero y puedo es un diálogo breve que traduce lo que pasa afuera por el ojo de un cíclope mudo.

Natalia Litvinova es una poeta que esculpe con dulzura y con todos sus signos vitales alertas, ingresa desnuda a las aguas profundas evocadas por su niñez. Con audacia, la memoria, al nacer de la nostalgia, intenta volver a la realidad, a la de todos los días, a la que se niega a salir del exilio y sólo en la complicidad narrativa, deja ver su figura caminando por un desierto blanco hacia el silencio de la escritura.

Cada palabra que trae de la soga de la lengua natal encuentra, al borde del abismo de la poesía, un lugar posible para arrojar las lágrimas “como quien suelta un pájaro, un amor, una liebre” y bajar finalmente de la barca de la vida a la Ítaca personal, que empujada por la nieve y la imaginación trae al cielo inventado un par de pájaros para seguir aprendiendo a volar.


*Natalia Litvinova nació en Gomel, Bielorrusia el 10 de septiembre y reside actualmente en Buenos Aires. Traduce poetas rusos y en 2010 publicó Esteparia (Ediciones del Dock). Sus traducciones pueden verse en http://www.animalesenbruto.blogspot.com/   y sus poemas en  http://www.ciclopaenlabocadeunmudo.blogspot.com/
 
CONTRA DESIGNIO

No

hay

tierra

suficiente

para tapar el

abismo designado.

¡Igual, arrojá piedra

tras piedra hasta vaciar

el pecho. Arrojá como quien

suelta un pájaro, un amor, una liebre!

Natalia Litvinova

miércoles, 20 de octubre de 2010

Virginia Woolf me enamora

Por Santiago Ocampos

Virginia Woolf enamora. Virginia Woolf me enamora. Me lleva el amor a su lengua marina. Con su monologo empuñado por el verdor de una hoja a punto de entrar en otoño o en años la palabra es eco, esbozo, dibujo para enamorarme. Virginia Woolf enamora. En la multiplicidad de personajes el amor es un torrente de piel, de luz, de río embravecido serpenteando por el siglo, por las grietas filosóficas de Jean Paul Sastre. El orgullo habla a solas con la poesía estrellada contra los murallones. Virginia Woolf me enamora porque desnuda a la palabra frente al deseo. En un tiempo muy largo puede enamorar Virginia Woolf porque ella nació para la niebla londinense espesa como café caliente de madrugada y por eso camina por los senderos de su jardín abriendo la luz. Hacia el árbol de la memoria los niños corren pidiendo la poesía a Virginia Woolf. Ella escoge el lugar cuando me enamora y me deja tomado de la inspiración. Virgina Woolf tiene un sueño desarticulado por el lenguaje y desparrama en la prosa sus sensaciones de yo multiplicado sin sujetarse a la fantasía. Persigue el tiempo siguiendo la caricia temprana, tratando de cambiar los contornos de su propia sombra. Virginia Woolf enamora porque es verosímil, porque tallando el sol del horizonte cae con él. Virginia Woolf trae el sol cuando la mirada de uno de sus personajes la retrata con el trazo de la palabra. Virginia Woolf enamora aún más cuando atravieso la campiña inglesa a su lado soportando el cielo plomizo. La lluvia no escrita pero dicha está. Virginia Woolf también tiene una hermana, también inglesa, también argentina, también Alfonsina Storni, con quien comparte un lenguaje incomunicable, un lenguaje abrasador, y un beso que llega tarde a las gestas de sus labios. Virginia Woolf tiene pájaros, además de personajes, todos ellos juntos forman un gran ramo oloroso de colores, y en la soga de la palabra el equilibro se mece por ellos. Melancólica, abierta, incandescente, Virginia Woolf tiene su pelo negro enredado a las primaveras azules grabadas en llaves de papel. Virginia Woolf tiene la osadía de enamorarme y lo consigue. Su diálogo es el recuerdo de mis futuros años de soledad. La playa y el mar tocan la lectura, el olor salado de ese mar invoca a la vocación. Un trozo de infinito disuelve la palabra en esa espuma cercana al amor como Clarise Lispector. Otros tantos caminos. Otros tantos pedregales. Otros relatos Virginia Woolf escribe sabiendo a espuma de mar. Tiene gusto a mar cuando besa. Cuando apaga la noche y se saca la ropa de la mortalidad. Su cuerpo empieza donde empiezan sus palabras. Al compás de las olas a Virginia Woolf escribo en el espacio poético, margen estrecho donde apaciguo las aguas frías de su angustia. Su existencia acompaña mi palabra, palabra de pocos años. Virginia Woolf se entrega al amor en una sola caminata. Con sus pies revoluciona la literatura y con las manos intenta enamorarme. Virginia Woolf no tiene fronteras, tierra, ni luna, ni hombre de letras que la enamore porque su pelo negro amarra un barco abandonado. Su ropa por la tarde tiende para cambiar de personaje. De la geografía de sus palabras nuevas parte la tarde rumbo al mar y al llegar la noche la luna le ofrece su cuenco plateado para alumbrar lo escrito. En las cosas escritas hoy Virginia Woolf decide empezar a terminar su día. En el pretexto la herida se abre en el papel con su superficie rugosa, sin cura. La herida es la belleza, el trino de su alma que crece y trata de llegar por sus solas fuerzas al mar, al espejo (al menos) para ver en él el propio cuerpo mojado que la enamora. Virginia Woolf enamora. Me enamora a través de las grandes cortinas de su ventana. Virginia Woolf tiene un teatro de madera húmeda donde los personajes la reconocen, la entienden y la enamoran y empiezan a naufragar después de navegar interminables horas por su piel y finalmente caen como pétalos maduros por las márgenes de lo no escrito y devastados por la marejada ardiente ella los olvida. Virginia Woolf desciende por el vasto mediodía con sus libros a las playas hinchadas de nubes. Es el sol apenas un tajo sobre sus dedos. La ola construye la vida de Virginia Woolf desde el amor, desde sus papeles desordenados, queriendo fundar en ella algo parecido a la eternidad. Virginia Woolf es una caracola de mar por esos sus palabras suenan a algo lejano, a algo no presente. Es una mujer escrita por la urgencia de la cordura. Una mujer en la cima de sus emociones escribiendo la voz del río Ouse al sentirlo palpar el beso tibio del mar que la arrastró, totalmente desnuda, desprovista de palabras, una tarde todavía más enamorada que la mía, una mañana siguiente más enamorada. Las palabras de Virginia Woolf vuelven a dar una vuelta por el Tamesis con su padre. Virginia Woolf a su habitación deja que entre mientras escribe el futuro y por su respiración, siento bajo la yema de los dedos, como, por la palabra, su cuerpo va desvaneciéndose de mi mirada breve, violenta, fugaz y, es, entonces cuando vuelvo a amarla como ella atrapó, enamorada, esas últimas palabras, una noche, en el ramaje marino, verdoso, devastador, de su oleaje.

sábado, 16 de octubre de 2010

Los silencios de las formas –Comentario a la poesía de Erika Meier*-

Por Santiago Ocampos

Erika Meier es una escritora que plasma las imágenes de sus palabras como si estuviera pintando sobre un lienzo o creando de la nada, con sus manos sobre la materia, una forma que busca un nuevo símbolo. Su tarea artística es encontrar y romper el cascarón semántico de la palabra para darle una plenitud significativa distinta. Hacedora de la abstracción, el mundo que refleja en los colores de su imaginación intentan descifrar, sin juzgar, el alma de cada uno de sus personajes.

Con cierta premura inspiratoria, desarma sus pensamientos sobre la trama literaria en el que se reinventa con prisa, con dolor y con sensaciones confusas. Con un estilo que se acerca a un estado de ensoñación, la realidad interior es trazada por los vaivenes anímicos del amor, que ha dejado una huella invisible, cual si caminara del pasado engañoso a un futuro posible.

Las personas retratadas en estos versos giran alrededor de un mismo eje: la desazón frente a una pregunta cuya respuesta es el vacío y la ausencia. La enajenación, frente a la experiencia del dolor vivido, se hace presente con un discurso a veces ácido, que intenta escarbar en una profundidad que sólo existe por el esfuerzo de olvidar lo que alguna vez fue una oportunidad o bien una presencia concreta.

Las constantes emociones son traducidas en reflejos sórdidos, que describen el paso abrumador de la soledad que se convierte en una fiel compañía. De esta forma el sentido del poema es desnudado hasta dejarlo sin ropas; sin más que un puñado de luces que apenas crean la intimidad suficiente para una confesión.

El vocabulario utilizado puede sonar apoético en muchos casos. Sin embargo el uso de vocablos como tóxico, ósmosis, shock, son dispuestos con inteligencia y adquieren, dentro del contexto planteado y por el impulso de la autora que los hace estallar en la boca del lector, múltiples significados a la vez que el ritmo toma velocidad.

El amor es un sentimiento alienante. Se toma conciencia de él por medio de experiencias como el saberse desilusionado o bien por medio de una ensoñación. Se manifiesta espeso de lágrimas que al imprimirse en las hojas en blanco, permiten percibir el calor de sus pocas estrellas. El quehacer del poeta es escrito, narrado y descripto como el de un cronista del delirio que pide clemencia.

Erika Meier con su poetizar se sumerge en el mundo enajenado de la condición humana. En él no prima la metáfora pura, enamorada, embelesada, al contrario, lo que sus ojos nos hacen ver es la tristeza de una calle, la imagen de una mujer furibunda y la paciencia de la amante que calla y va a dejar morir su amor a un lugar solitario.

Con las estrellas brotando recién de la noche, Erika Meier no olvida la primacía de su corazón por las artes plásticas y por eso sus manos, sabedoras del oficio, se hunden profundamente en un charco de colores para comenzar a acariciar la textura de las palabras con las que va tocando la vida y que al reflejarse en la pronunciación del silencio creador encuentran en el movimiento intelectual del artista su propia forma.

*Erika Meier nació en Lima, Perú el 22 de marzo. Estudió artes plásticas en la Escuela de Artes Visuales Edith Sachs y en la Escuela Superior de Bellas Artes de Corriente Alterna. En 2008 Tranvías Editores publicó su primer libro de poemas “Contra el hilo de tu materia”. Para mayor información de la autora y su obra puede remitirse a su blog: www.erika-meier-q.blogspot.com o bien pueden encontrarla en Facebook.


Escarbo

entre mis símbolos y su simpleza

Aún sujetan mi integridad

súbitamente descarto espejismos

Invicta anudo

la corrosión

te traduce

Preciso estallido

tu custodia

frontalmente me desbarato

de tu inclemente mira.

Erika Meier


miércoles, 13 de octubre de 2010

Crónicas del exilio –Comentario a la poesía de Alicia Pereda Saavedra*-

Por Santiago Ocampos

Alicia Pereda Saavedra es una escritora del pequeño instante. Allí, exiliada por la inspiración, la realidad es transmutada por lo que pasa en su alma. En la primacía del tiempo interior su mente dibuja las geografías de todo lo que la rodea, recreando los sonidos, los olores, lo que los sentidos le dictan mientras escribe en el silencio, principal aliado, en la búsqueda de algún tipo de explicación al don de la escritura recibido gratuitamente.

Desnuda por las palabras, se atreve a emprender un camino que no ha trazado de antemano. Como una rama, que se deja llevar por la corriente de un río, su poesía es cautiva de los recuerdos y las ilusiones que se confunden, y, a la vez se transforman en metáforas sencillas que imprimen un halo de misterio.

En su obrar literario, predomina la visión en primera persona cuya característica esencial, es la capacidad de contemplar el mundo inasible detrás de las palabras. Rendida a la inefabilidad del momento, la protagonista se siente vulnerada y se pierde en la maraña de significados que terminan desenredándose hasta un final inesperado. De la sombra de la rutina, emerge de la nada, la poesía que nombra nuevamente las cosas conocidas.

En “Mi café y yo” la autora absorta, multiplica las imágenes que la retrotraen a un pasado remoto que no nos es revelado. Sin embargo, hace que la poesía se sumerja en un vaivén continuo de emociones vividas, permitiendo así que una simple taza de café, de pronto sea un boleto para alcanzar una tierra inhóspita, un lugar íntimo por el solo esfuerzo intelectual de recordar.

La lluvia aparece como un elemento reparador porque permite caminar sin miedo el recorrido imaginario propuesto. La inspiración, motivada por ella, es “una melancolía de nubes viajeras y soñolientas” que está regida por la nostalgia del amor que no está y, al que sólo podemos conocer, por el movimiento perpetuo del caer de las gotas. Lo externo y lo interno se mezclan hasta lograr fundirse en una sola imagen, la del amado perdido.

Estos estados de exilio de la vida real, acercan a Alicia Pereda Saavedra al desarrollo de una poesía intimista, que describe la maravilla del color, de la ternura, de lo humano que intenta cambiar el mundo. Cada poesía define un instante único en el que vislumbramos, dolorosamente, como las cosas se desvanecen rápidamente por algún intersticio invisible. Escribir es, en definitiva, un acto de resistencia que vale la pena intentar para detener el tiempo.

Alicia Pereda Saavedra siente la poesía como una prenda de paz que convida a los que tienen los labios dormidos, a los que tienen fiebre, a los que no son socorridos por las urgencias de la noticia. Tomada por el verso y, al igual que Oliverio Girondo, desde la “masmédula” redacta la crónica de una utopía donde “descalza su memoria” y promete a sus palabras, un viaje sobre las alas de una mariposa antes que las campanas suenen y Chile vuelva a poblarse con sus viejos fantasmas.

*Alicia Pereda Saavedra nació en Concepción (Chile). Es integrante del Movimiento Poetas del Mundo y coordina el Taller literario ALAVAL, en ciudad de Bulnes (Chile). Publicó su primer libro “Mariposas en la ciénaga” en 2009. Sus trabajos han sido publicados en las páginas de internet “Nuestro Bío Bío, tierra de encuentros” y “Vitrinasur”. Actualmente reside en la ciudad de Chillán. Para mayor información de la autora y su obra pueden encontrarla en Facebook.

 
Llegué desnudo a golpear tu puerta...(de Mariposas en la ciénaga)



Por Alicia Pereda Saavedra


Llegué desnudo a golpear tu puerta

cansado, enfermo, náufrago en la noche

con el miedo que se refleja en los perdidos,

un poeta delirante con sus alas rotas.


Llegué ante tu puerta sin más equipaje

que sueños extraños ardiendo en los ojos

sueños hilvanados con gotas de niebla

cristalizados en los pliegues de mis manos


En tu corazón aletearon sutiles mariposas

nacidas para ti de este mágico delirio

que da el saberse de la muerte salvo

y el aire se llenó de ecos extraviados

cuando tendiste tus manos al febril poeta

que te hizo verso entre sus labios dormidos

sábado, 9 de octubre de 2010

DON PABLO (El enamorado de plata Vol.1)

Por Santiago Ocampos

Don pablo tiene la voz ronca. Don Pablo tiene los ojos quietos. Posados en la lengua de mar que lo acaricia en lo invisible. En la pulsación secreta de la palabra el mar se eriza todo. Don Pablo está enamorado y no sabe por qué. Don pablo tiene pájaros de amor en la mañana gris. Se anuncia la primavera en los cuerpos violentos de la juventud añorada. Don Pablo tiene otros tantos pablos recitándole al pasado temeroso. Don Pablo inventa una cordillera para poblar de bosques, senderos el pequeño exilio. Don Pablo tiene libros abiertos en las mesas de la vida. Aún Don Pablo cree que la vanguardia es una nación. Y el silencio un continente entero.

Don Pablo no duerme porque despierta. Apoya su rostro contra la ventana fría. Húmeda. Las piedras se rinden con la sal de la ternura. Don Pablo no escribe. Don pablo apoya el país en su palabra. Lo sumerge y lo empapa con la sal, con la nieve. Don Pablo ya no inventa porque crea. Don pablo cree en el futuro pero no en la derrota. Don Pablo se muere de amor. Amores fatales le suceden uno detrás de otro. Amores que encontró en alta mar. En mitad de camino. Amores sin pan. Amores de terciopelo. Y van matándole con demasiadas respuestas y ninguna pregunta. Amores que pueden ser soñados como reales porque es allí donde queda la palabra. Porque la palabra lo tiene acorralado a Don Pablo. La palabra lo tiene apoyado a la nada. La palabra lo tira para el lado nuestro. Le quema la voz. Y Don Pablo no tiene recuerdos porque todo vive. Don Pablo tiene una canción enamorada. Don Pablo le pone pecho a las palabras por eso no gusta que tenga que callar justo ahora.

El vino se derrama a torrentes. El vino son las lágrimas de Guatemazín: el viejo rey azteca que fue saqueado, que le robaron la historia. Don Pablo siente algo parecido. La república de Don Pablo ha sido saqueada. Le cuajaron al poeta la memoria de esos bosques, de esos ríos, a Don Pablo le robaron los recuerdos y por eso busca palabras en medio de la mar. Don Pablo tiene el encuentro cerca. Don Pablo también llora. Don Pablo tiene cien sonetos y un hombre caminando dentro multiplicado de palabras que le sujeta la memoria para que no deje de escribir. Para que el recuerdo tenga palabra. Muchas. Un millar de palabras tiene Don Pablo en la boca. Un millar por decir. Don Pablo tiene una guerra civil declarada entre el quiero y la utopía. Y Don Pablo se muerde los labios. Se deja mirar por esa ventana. La madera rústica cruje sonoramente como un pena larga. Parece que va a escribir.

Don Pablo se abriga. Hace frío. Llueve. Llueve. Llueve. La lluvia presagió a Don Pablo antes que emprendiera camino atravesando la poesía de norte a sur. La lluvia tejió los amores de Don Pablo. Él la recuerda con cariño. Le da su mano a la lluvia para limpiar el polvo viejo de los siglos. Don Pablo le tiende a la lluvia su amistad. Pareciera que fueran uno solo. La lluvia y Don Pablo son un solo cuerpo divino. Como si de esas gotas frías bajaran las palabras. Como si la lluvia le estuviera diciendo a Don Pablo todavía. Como si Don Pablo creyera todavía. Porque Don Pablo no puede sostenerse. La lluvia sigue hablándole a Don Pablo como si todavía estuviera vivo. La lluvia tiene poemas. Poemas hermosos que sólo dejo leer a Don Pablo. La lluvia se llamaba Pablo Neruda. Neftalí Reyes era otro hombre. Otro hombre que no conocía como se llamaba la lluvia. Otro hombre que asumió ser poeta cuando la lluvia lo encontró palabrado de amor. La lluvia le tendió primero el abrazo. Le presto la lluvia su nombre y algunas palabras que Neftalí supo que no le correspondían.

Don Pablo tiene los ojos cansados. Don Pablo esta abatido. Tieso. Los músculos dormidos. La boca seca. Don Pablo tiene el papel en blanco. El aguacero cae. Cae eternamente. Brota el aguacero y llueve el papel. Llueve sobre el papel sobre las hojas secas. Amarillas. Grises. Marrones. Don Pablo perdió el sueño de tanto no hallarlo en los últimos meses. . Al menos lo que no lo olvidaron. Don Pablo sabe quienes no lo olvidan. Don Pablo tiene las amarras del olvido. A Don Pablo ese olvido lo espera en el muelle. Los mercaderes de la cruz peregrinan. Isla Negra se viste. Se pone el traje. Se ajusta los botones. Bosteza. Siempre es la barca de Machado, Lorca, Manrique. Siempre la elegía para la despedida. Don Pablo no quiere eso. Don Pablo tiene los remos. Las palabras. Las mujeres. Don Pablo tiene la memoria y eso le es suficiente. Y va respirando lentamente acompañando el viento de Isla Negra. Cada vez más despacio va dejando el aire su huella de palabras tibias sobre el futuro.