jueves, 8 de diciembre de 2011

Sobre el compromiso del lector - Pensamientos del año que pasó

Por Santiago Ocampos -CEC-


En un año atravesado por las elecciones políticas, la crisis económica de Europa y la Cumbre sobre el Cambio Climático de Durban, la poesía fue tapa de los diarios mundiales. La obtención del Premio Nobel por parte de Tomas Transtromer , sueco, poeta y Nicanor Parra,  el “antipoeta” chileno que obtuvo el Premio Cervantes a sus 97 años.
La literatura como fenómeno comunicativo de la belleza, ha estado siempre dividida por las aguas de quienes  propugnan un fuerte compromiso social y quiénes se han mantenido al margen. Las acusaciones de ambos contendientes han originando excelsos momentos poéticos. Pienso que un hombre que recibe el don de la palabra debe estar a la altura de su tiempo, ser fiel con aquellos que, de alguna forma misteriosa, son la esencia de sus cuentos, novelas o poesías.
Podría mencionar a Vargas Llosa, a Mario Benedetti, a Pablo Neruda, a Rubén Darío, a José Hernández, a Naguib Mahfuz, a  Juan Gelman, quienes con su constante hacer y deshacer palabras fueron formando mapas políticos en sus escrituras. Dibujaron estrategias y llevaron sueños al pueblo como las mujeres, que en muchos lugares de África, llevan sobre sus cabezas el agua para sus quehaceres domésticos.
Si bien la tarea de un escritor no es necesariamente la de tomar una bandera política. El poeta es un hombre que responde a su comunidad a través de las diversas cosas que escribe. No sin perderse, a veces, en el fuego de la inspiración, su pensamiento plasma todo aquello que percibe en el contexto en el cuál escribe. Miedos, inseguridades, hechos históricos, crisis económicas pasan y se transforman en las manos de los aventureros de la palabra.
En mayo, en la Feria del Libro, en la que participamos varios escritores amigos, observamos la gran cantidad de personas que asistieron. Hormigas que recorrían, que palpaban, que olían entre las imágenes y las letras. Acercarse a la lectura, a los libros de papel,  a los electrónicos, nos conecta con la existencia. La literatura es un fruto humano porque es hermana de la solidaridad, del quiero y del puedo. Reconoce al hombre en su dimensión trascendente.
El Círculo de Escritores, cada año afianza su compromiso en pos de la cultura y el desarrollo local. Sin circunscribirse a banderas políticas, actúa en Cipolletti y en la región como una asociación intermedia que permite a cada uno de sus integrantes, expresarse libremente y manifestar sus inquietudes artísticas. Actividades en las escuelas, en comedores infantiles, permitió constituir a la literatura una portadora genuina de valores abriéndole las ventanas de la imaginación a los jóvenes cipoleños.
Asumiendo con valentía la tarea de nombrar planetas, geografías, realidades humanas en un mundo donde priman los discursos vacíos, las falsas promesas y la velocidad,  practicar la poesía es al mismo tiempo un ejercicio de amor, un acto de cordura,  una esperanza encendida. Creemos en esto y por eso escribimos.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Alejandro Zambra

Por Santiago Ocampos


Alejandro Zambra va transformándose él en una noche oscura a medida que avanza su narración, va partiéndose como un pan,  hundido sin remedio por el sueño desganado de su inspiración  que despierta para llevárselo  a la escritura, para tomarlo, para beberlo, para dejarlo sumergido en el agua dulce de las estrellas que descienden de su boca joven,  río nocturno, con la delicia a cuestas parte de un beso, de un encuentro o de múltiples encuentros con la memoria, inventa caminos para arrancarle a la historia sus monstruos míticos, Alejandro Zambra escribe así, a tientas, con coraje, abriendo puertas una detrás de otra, como si fuera él el dueño de casa y hace un relato, una versión de los acontecimientos, y entonces es un árbol y también una mujer de  brazos largos que junta con él las hojas que el pensamiento de una generación deja caer al suelo, la forma encuentra el verso preciso por eso Santiago de Chile es una fiesta de repente cuando el escritor apura el trago, el vino y une a la mujer con la palabra para no llegar tarde a la cita, el deseo es una  luna a punto de estallar en la ventana de una época que se tragó poetas,  canciones,  ideologías y la niñez del escritor mismo, en la espera, en la desazón, en la profunda decepción de esperar, la mujer  trae a la vida, la justicia, las ganas de volver a escribir, de vivir, pero Zambra no la hace llegar a tiempo y por eso esperar se transforma en un acto privado, en algo que no puede callar por dentro ,  el amor es un movimiento que no cesa, es un ciclo, una celebración, algo vivido antes y para pasar la noche recuerda la sensación, la piel, Zambra escribe abriendo el cielo, abriéndole  las ropas con desesperación a  la literatura como un amante que ha esperado demasiado, la besa, la explora, la desarma, la recorre quedándose sin aliento y se atreve a hacerla suya abandonándola, dejándola sin dibujos ni mapas,   Zambra intuye el abandono y se anticipa a ella y por eso la hacer crecer, la corta, la viste de la imaginación de sus plantas, de sus días grises, de sus alamedas, y la inunda con agua de lluvia, y la hace inigualable, relato corto, lecho tendido, intimidad para hacerla desaparecer por sus dedos, dejándola libre por la historia chilena, con el violento rugir del Mapocho de fondo, Zambra escritor de libros lee y escribe con el silencio que dejan los vidrios después de caer, con la voz que le queda al hombre después del goce, después de dormir a solas con la literatura sin sábanas, con el alma temblando tomándose de la nada para no perderse en los laberintos de la realidad y sobrevive recordando ser un niño que un día juntó las hojas en una plaza de centenarios árboles que le perfumaban las ausencias y lo dejaban tocar la madrugada que sabía a color café, esa tarde única que aprendió  que a veces hay cosas que no tienen explicación.

sábado, 8 de octubre de 2011

El ruido de la palabra - Tomas Tranströmer, Premio Nobel de Literatura 2011-

Por Santiago Ocampos

Tomas Tranströmer es un poeta desconocido para la mayoría de nosotros. No sin cierta prudencia, luego de conocer la noticia de la adjudicación del Premio Nobel, empezamos a adentrarnos en su mundo, en sus palabras, en su excepcional forma de construir las imágenes, reflejando con mucha naturalidad un mundo interior que se presenta como un camino hecho a machetazos y minerales extraídos a cielo abierto.

 El escritor teje el ruido poético interior con paciencia logrando una forma de escribir distinta. Con temor y con elementos propios de su Suecia natal proyecta así una melodía única. Su poesía es un mar de significados que rompe contra las rocas de la realidad, partiendo de ella con los navíos personales, mar adentro del alma.

“Despertar es un salto en paracaídas del sueño”. Así, con destreza marca el paso del tiempo onírico al tiempo real para descubrir la fragilidad de nuestro cuerpo sujeto a las circunstancias históricas. Psicólogo de profesión, Tomas Tranströmer reconoce el peso de la existencia en el hecho mismo de despertar, de mirarse en un espejo. La vida de todo hombre es una constante búsqueda por hallar un sentido a aquello que percibe. Quizás allí es donde el poeta encuentra una justificación al oficio de nombrar aquello que no tiene nombre.

A pesar de la sencillez de la palabra comprenderlo requiere un arduo trabajo por parte del lector. Las imágenes suceden una tras otra en sus trabajos literarios, encadenadas en forma de torbellino al ritmo que la memoria dicta. Al igual que Ingmar Bergman, el genial cineasta sueco, retrata la visión del viaje de la vida y el paisaje de Suecia, frío, austero, de aguas torrenciales, de poco sol, que se confunde sin querer con el devenir de la conciencia.

La Academia Sueca este año premia la labor poética, tan denostada en un mundo donde prima la velocidad, el mensaje de texto por encima de la reflexión del hombre que se levanta, toma su abrigo y trabaja y, por sobre todas las cosas, se enamora. Razones, que Tomas Tranströmer asume con coraje, cuando lo invade la urgencia del abrazo que comparte en su testimonio con la condición humana.

martes, 20 de septiembre de 2011

Ensayando a Montaigne -Crítica Literaria de "La Muerte de Montaigne" de Jorge Edwards

Por Santiago Ocampos


Jorge Edwards se hunde en las fauces de la historia de Francia, con sus vestidos, sus olores, sus comidas y sus blasones para rescatar, de las ciénagas, la figura de Montaigne, un filósofo, un profeta, un lector audaz, capaz de sostener su fidelidad al Rey Enrique IV aún cuando le manifestara su negación a servirlo.

Los tiempos se mezclan. El presente del autor, del protagonista, del país galo, para hallar en cada palabra, un indicio, una posible configuración de cómo eran las tardes del Señor de la Montaña, que dedicaba eternas horas al estudio y a la escritura, en su habitación por donde veía los destinos de su patria.

Llama la atención del lector, la forma en que está escrito este libro. La estrategia narrativa se encuentra a caballo del ensayo poético, político y, en algunos aspectos, hasta parece una novela. Las páginas están perfumadas, por la admiración despertada del escritor que describe una época, en la que empezaba a avizorarse el pensamiento de la edad Moderna. Con aguda prolijidad, el monologo interior, impuesto como ritmo narrativo, no cae al vacío.

El amor mueve las hélices del relato. La relación de Montaigne con Marie de Gournay, una joven de 22 años, que hacia al final de la vida del maestro, lo hará renacer. Desvelado por la prematura belleza, inalcanzable, el hombre construye desde la palabra y con los restos del amor que quedan en las sábanas, una nueva fiebre que lo consumirá lentamente.

Hombre de mundo, de paisajes, diplomático y conocedor, como pocos, de la naturaleza humana, este filósofo va dando pasos de otro tiempo según el escritor chileno quién lo ve como su alter ego. Hijo de las guerras entre católicos y hugonotes, su memoria se desangra en la más absoluta desazón en la noche de San Bartolomé en 1588, cuando cruza las venas abiertas del Sena

Con un pie en ambas religiones, Montaigne, afiebrado por el ardor de su pluma, busca en un país revuelto por las armas y por la sangre inútil, su propio rostro, su identidad, el país verdadero del que se arrogan los enviados de Dios. Aloja al Bernés, al futuro Rey de Francia Enrique IV en su castillo para instarlo a seguir el camino certero de una paz duradera.

Mientras prepara su lecho de muerte siente oír, en sus últimos momentos, las espadas batir en los campos franceses. Inspirado por el recuerdo desnudo de Marie de Gournay,  deja a los hijos de la posteridad, a cada uno de nosotros, su legado, sus ensayos, sus  testimonios, sus impresiones, su buena fama de intelectual comprometido que brota después de permanecer en silencio varios siglos.

Los protagonistas de esta novela son tres. El mismo Montaigne, Enrique IV que de alguna manera representa la esperanza y el morir  de lo que soñó el pensador y Jorge Edwards que decide emprender un viaje interior autobiográfico para marchar, con la imaginación, por los caminos y las mujeres hasta encontrarse sentado en el escritorio donde su admirado personaje donaba todo su ser.

La columna vertebral de este libro es un recorrido apasionado, en la que el autor emprende, bajo la tutela de su ancianidad, una reflexión profunda de su propia escritura, partiendo de las cicatrices de su vida, tan parecidas, tan vividas, tan misteriosas como los últimos años de Michel de Montaigne que describe en posesión de las manos de una mediocre escritora, Mary de Gournay, su amante, su discípula.

miércoles, 31 de agosto de 2011

La niña y la anciana


Por Santiago Ocampos

La noche es un galope de caballos que cruza los cielos, con todas sus estrellas oliendo a lluvia, a frío, a algodón, oliendo a ternura, a jardín florecido, a ángel batiendo alas, la noche cae de algún vértice hacia ellas, la anciana y la niña que revisa día tras día sus signos vitales, sedientas de palabras, extienden el perdón sin pronunciarse, una de ellas que tiene una vida que contar extiende su mano, sus cicatrices enteras, gordas, afiebradas iluminadas por el mismo instante, único, irrepetible, mano que apenas roza la otra, la de la otra orilla, de la que reza, que invoca su cansancio, su dulzura, sus días sin dormir, la de los niños que alimenta y no es más que una bendición que la noche teje, esa otra orilla, esa mano joven sostiene las ilusiones, el futuro, el amor, también calla, también se sumerge y la escena es ahora una voluntad de palabras sacrificadas, sin colores, sin celebración, que abrigan esta significación breve en la vida de ellas, esta ebriedad de la vida humana que pasa sin gritar, sin huella, sin epopeya, sin más coraje, se escuchan gritos a lo lejos, batallas que otros libran y no pasan por la historia, todo huele a corazón en alcohol, hay paredes que se derrumban y la tierra que al moverse deja caer de boca la noche sobre su cuerpo, pero lo que importa ahora son dos mujeres que no escuchan lo que sucede fuera de la habitación, que no olvidarán, que dejan allí la vida, una de ellas está acostada y  toma la mano de ella, la aprieta fuerte, en la lumbre son apenas dos sombras a pesar de toda la luz estridente en la sala, son dos sombras, dos mujeres echadas a la suerte de un vuelo, de un presagio, como figuras recortadas, ella y ella suspendidas en la nada, en el espacio, en la historia que no quedará registrada, bajo ningún nombre ella acostada y ella sentada mirando con los ojos del que se queda, joven, temblorosa, tomadas del cielo, acariciando lo inasible, lo fugaz,  sin cruz, sin testigos, ella y ella aferradas a sus propias vidas, a sus soledades, a sus promesas, a las pocas lágrimas que quedan por caer, una de ellas va cayendo con el peso de sus años hacia el infinito, hacia el misterio, con las preguntas sin respuestas, ella y ella sin pedir permiso, mirándose los ojos, tomadas por la noche que cae con más prisa y un silencio que estalla entre sus manos, una distancia se abre entre ellas ya y la prudencia le impone a ella y a los que sobrevivirán la piedad de los que quedan de pie frente a lo insondable.

viernes, 19 de agosto de 2011

Imaginación

Por Santiago Ocampos


Imagina. Corrijo, imagino. El ángel le sirve el tazón de la vida. La acomoda en su silla. Le muda la voz al sueño de ayer y de hoy. Le presta las alas, un rato, para saltar en la soga del tiempo perfecto. Ese tiempo que solo vive del momento. Que juega en la infancia hasta que, la pedrada de la inocencia, lo hace desaparecer. Ella besa el vientre, su lágrima lo hace dormir. Le acaricia el silencio del futuro.

Hay horas, libre albedrío. La ternura improvisa. El caliente sabor de la leche aprieta con firmeza el destino. Es  dos mil y tantos, no importa. Sucede. El cielo va cayendo en el llanto, va salpicando de estrellas el cuerpo, los abrazos, el paraíso, al quejido empalagado de aire fresco, de perfume rico. Un parto de algodón, un poeta guardando la palabra en el cajón de la mesita de luz.

Y ahora baila, mueve las manitos. Toca la mirada, al sol de los ojos de su madre. Habla y susurra, intenta abrir la puerta. Salta y juega con el beso de la noche, que es un unicornio pisando en la llanura fértil del regazo cálido de los abrazos del misterio.

Sueña ella, ebria de cotidianidad irremediable, no lo sé. Sentada, en la ventana, mira la calle. Cae de la escalera, del caracol de la palabra. Vuelve, viene, se acerca, improvisa. Rompe las hojas del libro, lo vuelve a escribir. Se acerca. Llora. Espera. Santiago anuda una sinfonía de quiero y puedo. De caprichos solubles en mamá.

El árbol crece. Se enreda, atrapa el amanecer. Lo consuela. Le muerde la boca, lo calla. Lo alimenta, el poema va naciendo en esa unión de símbolos. Va subiendo la escalera, el árbol, ella, el amanecer, yo. Abro los años, lo invisible, lo indescifrable. El vino se derrama. La comunión, la iglesia, el creyente. El sudor gotea y moja el piso. El poeta sentado, reza o mejor aún imagina que dice.

Ella, la flor, abre la ventana. Deja entrar al ángel. Llora. Una primavera se columpia, otra vez en el posible imposible. En la conclusión, en la ruptura. El frío limpia la tierra. El silencio se vuelve tenue. El espejo, los laberintos, la totalidad es aún incipiente. El corazón recupera el afecto. El amor, se derrama en la casa como un río nervioso, como sueña día tras día, palmo a palmo, tratando de conquistar su alma, el poeta.

sábado, 13 de agosto de 2011

Anaclara (dos)

Por Santiago Ocampos


“Ella escribe en las paredes resistir”. Ella tiene el fuego. En el alma. En las manos temblorosas tiene el fuego de los que callan a tiempo. La paciencia y la lectura polvorosa de los tiempos. La virginidad y todavía más. Ella entrega la luz al cuerpo. Ella no cree en la inocencia. Ella sabe mucho. De su fuego se vuelve tibia la noche. Y el columpio de la duda la mece más acá de las fronteras. Tiene lucha. Tiene compañía como los peces en el agua.
Ella junta el otoño y lo unta de miel y manteca. Ella tiene el caramelo en la boca. Ella tiene una palabra tejida de gorriones. Tiene el amor primero. Y lo ofrece. Ella colecciona estampillas. Las roba del correo. Interroga a las cartas su identidad. Su procedencia. Cartas que se pierden con sus miles de palabras entre las manos. Destino de serpientes y Antígonas que pasan por sus manos. Ella roba las estampillas y las pega en sus cuadernos. En las hojas que se leen por dentro. Ella tiene alas que crecen muy despacio, tan despacio que apenas se escucha cuando rozan la tierra.
Ella es princesa. Bañada. Fresca. Confunde las flores con el reflejo del sol. Ella es toda de nuevo para el recuerdo. El humo es una nube de algodón. Ella toca el cuerpo. La ausencia que reparte como si repartiera algo de su vuelo.
Ella va por el camino con el silencio a cuestas. Hace rato no habla. No quiere hablar. Ella cabalga a bordo del unicornio. Hasta la cerca. Hasta las puertas del palacio. Ella a bordo del unicornio va queriendo ser reina. Y ella es reina. Guardiana. Pueblo. Ella es de arena y de piel. Aprieta fuerte las crines del animal. Mira hacia delante. Se desnuda. Va contando las flores en ramitos para pegarlas en las hojas de su cuaderno alrededor de las estampillas. Ella moja el rostro en el agua. Ella se bebe el arroyo. Deja pastar su animal. Ella es la respiración de la mía.
Un grito la invade. La toma prisionera. La adormece. Le convida al grito las semillas. La pintura de Paris. Le convida el secreto. Le convida el encuentro. El abrazo. Al grito lo invita a galopar para que se olvide de sí mismo. El grito es un nudo. Ella se hace grito en el grito. El grito tiene sed. El grito es la crudeza. El grito pide el oro. El caballo. La ración de comida. El grito tiene hambre. El grito no es como ella. No es virgen. No es príncipe. No tiene páramo. El grito si tiene bandera. El grito es soberano sin territorio. Tiene voto. Tiene comezón de girasoles. El grito no tiene suficiencia.
Ella tiene el horizonte. No habla pero a través de sus ojos tiene por salir el sol jadeante de la madrugada. Tiene ojos y tiene horizonte y tiene madrugadas. Sus ojos están tapados. Ella tiene miedo. Me lo decía cuando tomábamos las estrellas y las atábamos a la cintura y con su rostro empapado de rocío dibujábamos las huellas sobre el papel. Huellas pesadas. Profundas. Hacíamos de nuestros cuerpos un mapa lleno de senderos. Y volvía en sí tan sólo cuando la palabra era lágrima.
Ella tiene ojos que desgarran, que quieren alcanzar el alma. Ella pone su alma en los territorios soberanos de la luz. Del amor. Esos ojos piensan. A esos ojos el horizonte se le viene encima. Desnudo. Pálido. Como una boca que intenta besarla. Y ese horizonte esta poblado. Es santo. Inmaculado.
Ella va al encuentro de su palabra arrastrando el alma. Ella es esclava del alma y como escribe prefiere no perderse ese gran horizonte que viene. Ella tiene el recuerdo de ese horizonte. En la casa de Medina. Apenas era una niña cuando lo sintió respirar. Ella no prefiere la memoria. Prefiere el recuerdo. El incienso fuerte. El olor a padre. El olor nómade de la sed.
“Ella escribe en las paredes resistir”. En las paredes de una estación de subterráneos antes de abordar el tren y ser el destino. Antes de que el hombre termine de contar el cuento de que alguna vez fue Sherezade. Princesa. Reina del recuerdo de un país que le pertenecía porque lo había soñado.

domingo, 7 de agosto de 2011

El Juglar

Por Santiago Ocampos


El juglar moja la garganta con

sal mezclada en alcohol. Ejercita un movimiento

una acrobacia de poesía. Entibia el pecho.

Se mira otra vez. El moño de color.

El circo ensayado de la sonrisa. La

pintura blanca bordando el desencuentro

de las pasiones.


El caballero, la espada y el sinfín

de silencios brotando en la madera

como un musgo. La cuchara apoyada

en la lengua diluyendo la infancia

con la saliva del amor.


Tu resuelta soledad estalla

contra el portón de la España Medieval.

Mis apuntes te buscan y siento

detrás de mí, que gira el juglar esperándome.

Tus ojos caen en la frontera de mi sueño.


El juglar afina las cuerdas, sobre todo

la cuarta, la más fina. La profunda concepción

de tu mirada presa de larga madrugada.




Se despide atravesando la puerta. La pobreza

y la poesía. La plaza del pueblo junta los

aplausos. El color prolonga la tarde.

El polvo es una espiral de batallas

ganadas en la intimidad del alma. Un caballo,

el Rey, el Cid, el beso repentino de Sherezade,

una y mil noches entregando el cuerpo de la

palabra.


Crepita la brasa del fogón…


El público exclama, presiente, se rinde

a la estrella que vino luego del beso,

esa misma estrella de la realidad

suelta las amarras del Puerto de Palos

y me suelta a mí antes de ir, antes de

verte, antes de golpear la puerta.


El juglar limpia su cara, el abrazo de la

memoria lo deja libre. Le devuelve una

copa de vino. La escanciadora lo busca

por el laberinto de la mente. Lo busca y

lo sigue pensando en un río. Le saca la ropa

de la voz, atrapa el equilibrio, rinde tributo

a la gracia precisa.


La lluvia cae en mi rostro, la toco

con los dedos. Mi lengua vacila. La

belleza es ceguera, es instinto. El deseo

recorriéndome por dentro.


Hay ruido, parece que alguien va a salir.


Desconozco la persona. Me dice que aquí

no vive. Cambio la flor por un manojo

de frío y me voy al país del recuerdo.

Arrojo desde allí el fondo del mar a la

caricia donde dibujaba el sol que me habías

negado entonces.


El juglar destaca su figura en el escenario

y baja el telón con la expiración salada

del viejo jardín del tiempo, con el olvido

llevando su cuerpo a los brazos del ocaso.

miércoles, 27 de julio de 2011

Como en un sueño...

Por Santiago Ocampos


Como en un sueño, como algo inesperado, ambos, ella y yo, acariciándonos, tocándonos en silencio, derramados uno en el otro por la palabra, por la piel, por el temblor imprevisto como si se nos derramara el sol de la boca al pronunciarnos, al nombrarnos, peregrinos, nos vamos descubriendo, nos vamos explorando, tus manos sobre las mías en lo invisible,  las noches imaginadas,  cayéndonos uno sobre el otro en un verso de verano, como si nada sirviera y hoy todo fuera tu cuerpo, tan lejano, la luna, el corazón, el aliento que te besa el cuerpo suspendido en la imaginación de la poesía, y te inundo, la delicia a favor de ti, y somos dos, y algo intentamos, algo inventamos y otro encuentro otro de nuevo, y tiemblas cada vez más , con la caricia a punto de nacer, de querer alcanzar  mi rostro y estamos frente a frente, el poeta en las arenas ardorosas que recorren cada mirada tuya y las promesas sin escribir van bordeando y te van abrazando, deseándote, tu cuerpo por mis manos y  lo creo y todo aunque no es más que otra noche vestida de tu pefume, de tu beso, la memoria es toda la textura, el tacto, la vida que late por el deseo, impreso, tieso, invencible, desbocado que me pide que te escriba una y otra vez, interminables veces para volver a sentirte, tocarte, en los versos que te volverán a traer, que volarán hacia ti con todos los nombres de las noches, que vuelan a ti como pájaros de madrugada.

viernes, 22 de julio de 2011

un puñado de poesías

Por Santiago Ocampos


EL VERSO LA NADA INTENTA

El verso la nada intenta
contra el cristal de la tarde
contra el crepúsculo se estrella el verso,
en un sendero terrestre su pena arrastra,
como un penitente a la nada camina,
aparición temprana apalabrada,
pequeño, inhóspito, oleaje,
el verso escribe sobre el margen de las líneas,
quieto, como si eso fuera algo irremediable,
serias el verso las alas tiene,
por su forma el verso ya la nada
en los ojos tiene,
por el sólo intento el verso la nada es,
porque apenas puede prefigurar el encuentro,
como un otoño insondable su cuerpo
prolonga, en demasía su deseo alarga porque
el fin no quiere y por eso pretende existir,
por eso a la nada sobrevive y parte,
y a la nada parte con su luz penitente,
como si poeta o toda la literatura fuera,
 por encima del sol trazado en la
imaginación parte al fin, con sus
veleros hinchados de mujer, de pasado,
parte al fin el verso rozando la superficie
del papel, perdiéndose en el vacío de un hombre
de un hombre que marcha, con prisa,
hacia la piedad del presente.

LO REAL DE LO IMAGINADO

Leerá un sueño a orillas de un río
y no sabrá si ha cruzado o simplemente
si ha dormido acompañada por el sol de
la tarde, gigante, enamorado,
tendida, abandonada,
la partida la empezó un hombre
en otra dimensión del espacio o del tiempo
una tarde cualquiera bajo los árboles
polvorientos apoyados contra las murallas
de las sombras
que permitían ver, a duras penas, la figura
y el movimiento
(eterno, etéreo, de su cuerpo, belleza,
aliento del sol en la piedra)
sobre el dibujo, donde debían terminar el juego,
trazado en el interior de una barca
amarrada al otro lado.

viernes, 15 de julio de 2011

¿Dónde?

Por Santiago Ocampos


¿Dónde estás? ¿Dónde? En las golondrinas cuajadas de blanco de la noche que aletean el silencio y en el presagio del futuro roto por la melancolía de la luz ¿La melancolía es un espacio? Un espacio del olvido. La mañana huye. El viaje se hace lento. La belleza rima en el silencio nuevo que pierde el amor al impedir la ilusión. La piel hace volar sus pájaros y la palabra trae desolación ¿Mis aspiraciones literarias son fantasías de la historia? La conjugación perfecta entonces. La primavera es este silencio. Esta cofradía. Este voraz sortilegio. Está empecinada lucha. Tenaz. Cuerpo a Cuerpo como si una poesía tuviera el coraje de traerme tu pájaro. Tus manos. Tu atisbo ¿Tu deseo llega en silencio? Como si la noche fuera puro deseo. Como si el cuerpo no amarra las manos a las estrellas o gaviotas o lo que fuera. ¿Por qué? ¿Dónde estás? Aprendiz humano tal vez. Novato. Trepado al amanecer que trae la congoja al sueño. La brisa también es un espacio nuevo construido a destajo. Una influencia literaria despersonaliza tu figura. Un salón literario parece la poesía. Parece una idea sin ideología. Sin cabeza. ¿Eres realmente? ¿Amas o no amas el ritmo? La tensión es violenta porque apenas escucho el silencio. Las aguas de las estrellas que trae ese silencio  ¿Dónde estás? En las ramas del otoño. En el beso que no llega hoy. Que no llegará. La pregunta y la respuesta es o no ¿Una mariposa? La cuestión de si un papel en blanco dice algo. La poesía rima y tima y el silencio ¿es su espejo? Un viejo juego poético. Un nuevo ¿Paradigma? Las líneas del tiempo. La razón. ¿Dónde estás? Cicatriz cerrada en un abrir y cerrar de ojos ¿Abriga el silencio? Con más silencios. Con más silencios y sin embargo la inspiración es un pretexto para habitar en el sol. Llegan los heraldos del olvido impresos en los mapas de tu palabra, De tu palmo. Tu oxímoron. Mariposa oscura ¿Estás? 

sábado, 9 de julio de 2011

Te conocí (Parte Final)

Por Santiago Ocampos


Venías montada en un unicornio y a la locura. Pidiendo mi ayuno. Mi amor. Metiéndote por el alma de mi paso siguiente. Las vueltas del insomnio. Dormir afuera. El todo tuyo siendo. Siendo la nada. Siendo una acrobacia en tu boca el arte. Tu escritura incipiente. Tu corazón incipiente. Y sin embargo el ayer te perdía. Te creaba. Te hacía atravesar el silencio de un desierto. Los abismos insondables. El océano roto. A la una de la tarde no me escuchabas. Te zambullías dentro buscando el sol. Buscando el aviso temprano del dolor. La carta. Lo romántico. Lo que quedaba. Te metías con el alma. Y te aferrabas a ella como si temieras perderla. Querías escribir. Escribir. Eras mi virtud. Mi arte. Eras una mujer sin la forma. Sin poesía. No tenías la forma. La provocación.

Desesperadamente querías navegar. Por el alma. Por la luminosidad brillante de un jardín abandonado. La flor platónica, la inalcanzable esa querías ser. Sembrarla a tu día. Por tu huerto sembrarte. Te gustaba ver llover por el olor a sembradío fértil de esa rosa. Ver llover. Encontrar. Emprender. Amabas esa rosa. Ese coraje poético te ponía más rebelde. Te alejaba de mí. Y sin embargo tu ambición no tenía amor. No me veías aunque te sintieras bien. Desnuda estabas como queda el cielo a la hora del atardecer. Eras poeta. Y te definías así. Y no dejabas de escribirte. Obsesionada por la flor. Creyendo que la tendría me conociste. Querías llegar. Remar. Pasar el tiempo. Enamorarte no. Abrazar. Apagar la noche tendiendo la cama. Cerrando los labios. Deslizándote por mis sueños. Buscando en ellos la joven flor platónica, la de Borges. En un fervor porteño querías hallarla. Tomarla. Invadirla. Soñándote despierto dentro de mi sueño. Golpeando lo irreal. Junto al unicornio habían sugerido decir que la encontrarías. Que ambos bebían el mismo alimento. La misma fantasía. Y te acostabas boca abajo en el pasto. Frágil. Buscando aliento dentro de mi sueño. Chocando. Resbalando en el barro íntimo. Te confundías en mi piel. Tampoco ibas a encontrar el unicornio porque nunca encontraste nada. Te lo había dicho. No irías nunca a ser poeta buscando mi existencia. Mi presagio. Mi asteroide. Y te quedabas dormida dentro mío. Allí te encontraba la mañana siguiente y quería tocarte.

 Despertarte. Tocarte las manos frías. Heladas. Como si hubieras dormido a la intemperie. Como si mayo hubiera pasado por ti. Te conocí así. Vestida por la luz tu presencia en mi desazón. Mi poética concupiscencia de eclipse encantado intentaba librarte un nacimiento. Soltarte. Hacerte volar. Palabrarte con mis palabras. Enamorarte con eso. Volvías a tu casa. Enojada. Furiosa. Yéndote de mi cama en una barca. Partías devolviéndote a cambio la realidad. Querías escribir. No podías tomarme. Me limpio. Me sano. Me marcho también yo para que la fatiga tenga algo de olvido. Para que tus manos encuentren en el jardín la joven flor platónica, la tuya, la que no veías, la que dejé de buscar una mañana, la que conocí una mañana o una noche debajo de un libro, la que dejarás de buscar cuando tiendas las sábanas de tu cama y veas en el vacío el dibujo de mi sueño que intentarás volver a escribir ya más grande, y, verás la barca partida contra la costa, verás en ese dibujo mínimo, exacto, la imagen de la joven flor platónica, la que no encontrarás mañana porque hoy se hace tarde para volver a escribirte, para pedirte que lo hagas por mí.

domingo, 3 de julio de 2011

Te conocí (Parte primera)

Por Santiago Ocampos


Te conocí. El cuerpo llevabas vestido de palabras. De poesía. De colores. Los ojos hinchados de llorar. Te conocí por dentro. Profunda. Salivada por la luz del amanecer. Entre las manos el amor. Como una ofrenda llevabas el amor. Al banquete de la filosofía diaria. Llevabas el amor en la poesía. En el hecho literario provocado. Remolino de río. La caminata prolongabas por encima de los libros no escritos. Las orillas del tiempo concluían a tiempo. Marchabas a pie por la superficie del deseo.

Te conocí porque seguías al sol. Porque tu dibujo tenía garabatos amarillos. Flores. Ventanas. Comprometías la ternura a lo mío que te correspondía. Amante de la soledad. Pájaro de la suerte. Te metías en el recuerdo, en las tramas del pasado. Bebían tus flores la pobreza de mi inspiración. No escribías porque lo haría yo mañana. Y esperabas. Mediodía. Te impregnabas con las palabras. Te volvías una de ellas. Viajabas. Te volvías una mujer al acercarte al vacío de mi noche. A mi poesía. A mi Buenos Aires. Entrabas sin pedir permiso. Riéndote. Como siempre. Como si ayer hubiera sido siempre. Detenías tu queja. Escondías tus pentagramas en el tiempo. Punteabas la guitarra.

Te derramabas con la música. Te volvías maga. Le ponías alas a los segundos. A los segundos que dejaban de existir. Que no fueron. Perdidos segundos en el tejido de tu piel por el reclamo de una noche de invierno. Se volvía ya largo el futuro invierno. Se volvía un pretexto y la palabra intentaba soportar la luz. El verso espontáneo. Costaba poner hora a tus encuentros. Tu inagotable trajinar por mis recuerdos. Te volvías lluvia o cielo o no recuerdo aún. Una metonimia de la soledad la memoria de tu caricia. Un ocaso ya. Una proximidad. Un acto de justicia.

martes, 28 de junio de 2011

Lágrimas de tarde (final)

Por Santiago Ocampos


Las lágrimas tomaban forma al mezclarse en el agua dulce del cuerpo. Las lágrimas extendían al alma su gobierno. Las lágrimas formaban el día. La tarde por estrenar. Las lágrimas creaban la similitud con el ángel que proyectaba por la palabra el alma. Del cuerpo hecho de la sal el recuerdo porque las lágrimas tenían infancia. Tenían los silencios esperados. Y caían por el rostro. Por la tiniebla espesa de la mirada. Las lágrimas caían y formaban, formaban y caían. Las mariposas eran lágrimas en la piel. El rocío de la tarde eran las lágrimas. Las nubes rotas. El sol roto. La luna llena blanca de las lágrimas era la esperanza de que hubiese noche. Y la palabra no tenía las lágrimas por eso iba dejándose tomar por ellas. La melancolía en el rostro. En la exactitud de la tarde del tiempo. Por lo remoto pasaban las lágrimas por la cara. Esas lágrimas lavaban la poesía. La que no existía. La que iba existiendo por esas lágrimas. Por la distancia al cuerpo esas lágrimas acercaban sus sombras. Esas lágrimas tenían sombras pesadas como el cuerpo que las sostenía. Como las alas de los ángeles. Las lágrimas no lloraban porque tenían luna en el reflejo del cristal. La noche existía y por eso resbalaban. Besaban el alma. Con las alas empolvadas de sal. Las lágrimas iban tomando al poeta como a la luna. Como al pedazo de sol que no cabía aún en esas lágrimas. Las lágrimas tenían el corazón envuelto en paño frío. Las lágrimas descendían como caminantes rumbo a la mar. Las lágrimas tenían el retrato vivo de toda la tarde. Las lágrimas surcaban el rostro como pequeña hierba atrapada en las manos. Las lágrimas tenían el tramo de la vida. Las lágrimas estallaban con la luna atrapada desde la tarde. Las lágrimas tenían la sensación de no ser en el alma. Lo nuevo estaba en el llanto. En el gemido temprano. En levantar en los brazos de las lágrimas el recuerdo. La urgencia entera de la tarde que no pasaba, que no pasaba, que iba descendiendo con el sol por el cielo, por el cielo nuevo que pertenecía todavía a la poesía de la tarde porque esas lágrimas no eran del poeta, porque esas lágrimas no eran del poeta.

jueves, 23 de junio de 2011

Caminan tibiamente abandonando el mundo: Franz Kafka y Felicia Bauer


Por Santiago Ocampos


En una plaza de Praga, de la literatura, Franz Kafka escribe con lápiz negro, sobre la mano de Felicia Bauer, los trenes ardientes de su inspiración,  calcinados de fuego por las futuras guerras de la teoría literaria. Psicológicos. Locos. Atormentados. Anochecidos. Teoremas irresolutos. En el insomnio de sus soldados acribillados, por la velocidad de la palabra, escribe Franz Kafka como un náufrago, como un mendigo sin abrigo, por las calles para llegar a tiempo a esa cita de amor. Memoria, cartas, presagio y futuro, ensoñación de un pensamiento, camina devastado por el miedo, por la precisión exigida, por el rictus inspiratorio, despejando la noche de las estrellas con los brazos, para hallar en sus ojos, en  sus lágrimas, a la mujer que toma de sus sueños las palabras   que copia al mismo tiempo que él las escribe en otra inmaculada noche, más personal, más intima, en otra habitación, en otra dimensión, en otro país; ambos van al mismo lugar, sobre los tejados, sobre ruidos, degustados por la boca tibia de la poesía que los besa una y otra vez, a medida que van llegando por caminos distintos al encuentro, con los cuerpos celebrados por el verbo van ocupando su lugar en la imaginación propuesta , cayendo de las constelaciones, de las madrugadas bebidas, Felicia Bauer y el escritor que le escribe una caricia que no termina, que no se anuncia, que no sabrá nunca que fue, si un cometa o una dulzura, ella igual la copia, la hace trizas de palabras para la memoria, en un banco de una plaza, de la literatura, con el aliento empapado del escritor en su mano, delicada, llenas de trazos, de caminos, de rostros,  escribe Franz Kafka su propio regazo, mezclando sus palabras en la textura de la piel y la delicia,  apoyando todo su peso, toda su herencia literaria, con sus huesos, su carne, sus velas encendidas contra una ventana, sus palabras magistrales galopando al infinito como caballos hambrientos, iluminados, sedientos, con lápiz negro en la mano de Felicia Bauer se van quedando para siempre sus gestos, sus rutinas, su despertar crucial entre los brazos de Circe que lo transformó del fecundo poeta de las horas más tibias de Berlín, del argonauta del futuro desnudo de una mujer, en el niño que nunca dejó de vivir adentro suyo.

sábado, 18 de junio de 2011

Conjuro

Por Santiago Ocampos


Una luna se despierta. Tanteo su forma. Su miedo. Su delicadeza. Mira el cielo que escampará pronto. Me regala el beso de anoche, de tu cuerpo. La tierra de un encuentro posible y que ayer no lo fue tanto. Un encuentro parecido a dos pero poblado de fantasmas. Y me llevé a todos y a vos también, al menos tu voz temblorosa, perfumada. Los recuerdos trenzados como barriletes hacia el espacio. Un estallido dulce en la boca. Una lluvia constante golpea el cristal de las caricias retenidas en los ojos.

Y voy bajando por la escalera del sudor. Con la pasión, la noche, el pasado, el preludio, la música, el café y otras tantas analogías del tiempo. Bajo sin tropezar. Sin romper el silencio, a oscuras como los sabios de la Antigua Grecia. Brújula para las estrellas. El polvo de la ilusión reposa en el sol de la poesía. El azar es un colibrí que trata de volar en la hoja de papel. Rendición de abril. Rendición de fin de año. Río desnudo. Olvido vagando por las calles de Buenos Aires. Vigía extenuado.

El horizonte entibia el vidrio con su aliento. La niñez sale a jugar. Se desprende del día. Limpia la madurez del otoño, le cambia un manojo de nieves por otro beso. El llanto. Los caprichos. Los pataleos y otra vez a escribir. Los intentos del tiempo fracasan. Un puñado de color es arrojado por encima del mundo y una palabra naufraga en el Caribe buscando otro relato de Garcia Márquez.

Mediodía que teje la luz en la ventana. Una mariposa vuela al cielo. Y otra ilumina la delicia. Me duermo. El azúcar de pensar en lo que es propio se diluye en el  café de lo perdido. Y uno se pregunta qué traerá la marea. Si traerá algo de muerte ese vuelo cotidiano, si traerá algo de vida. Se pregunta si sos vos.

Duele toda la tarde. Uno no deja de encontrar la ilusión. Vivir un poco más, de eso quizás se trate, un poquito más de lo antes vivido. El deseo. La ilusión repetida hasta el infinito. La ilusión brotada de la ternura cosida con el abrigo del descanso.

 El fluir, el choque del río contra las piedras, me devuelve la gracia. La voluntad. La cercanía se prolonga. El sueño vuelve a traerte. Hago una acrobacia. Me visto con el cuerpo que dejaste. Me sumerjo en el mar de las palabras. Toco el fondo, contengo el aire. Los pulmones se inflan. Tanteo la sensación. Te reconozco y braceo en medio de la nada, siguiendo tu piel, tu voz, tu luz.

lunes, 13 de junio de 2011

Jacob y el ángel -Hoy 13 de junio en Argentina se celebra el Día del Escritor-

Por Santiago Ocampos


En este texto propongo al lector, al que siempre está del otro lado, invisible, un recorrido por el camino del arte de escribir. Es necesario atestiguar intelectualmente ese momento inicial en el que el primer hombre dio ese primer paso a la poesía. La inspiración siempre se ha manifestado como una profunda lucha por la conquista de la esencia. Es por eso que utilizo esta figura retórica, la de Jacob y el ángel.

En todos y cada uno de nosotros, desde Shakespeare al ignoto escritor que escribe en un pueblito del interior, los atraviesa este fuego ígneo en el alma que incendia horas y horas de lectura y escritura. Quiero rescatar a todos y explicitar en este texto porque estamos hermanados y convocados a la misma ronda. Es un homenaje a todos los que nos pueden dejar de escribir literalmente.

Individualizar a la persona que compone, que escribe,  es arduo. Clasificar a este hombre que camina sobre cuerdas invisibles en busca de un lector, es imposible. Pienso en Shakespeare, en el teatro “El globo” buscando los ojos enamorados de la Reina Isabel para que aprobara sus escritos. Al mismo Calderón de la Barca poniendo en escena en las calles de Madrid sus obras. Existe en ellos y en cada uno, la misma necesidad imperiosa por saciar una sed primitiva que corre por dentro. 

Es necesario para este análisis, volver al principio de la historia. A ese hombre, que se aferraba desesperadamente al pensamiento para no olvidarlo porque no sabía escribirlo. Conocía la oralidad y la fuerza de la fonética de determinadas letras. Las palabras, cómo lo es también para el poeta de hoy, eran su materia prima y significaban libremente en virtud del antojo expresivo. En la misma fragua creadora, ambos buscan escapar de la soledad.

 Al volver a casa, los hombres primeros, en medio de la nada, eran asaltados por temores nocturnos, por preocupaciones, por el deseo de trascender. Entonces, inventaron el fuego para reunirse, para escuchar, para hablar. De pronto, existió la necesidad de buscar abrigo intelectual al amparo de la piel de una mujer y decírselo para que ella supiera.

En ese origen, en ese punto del espacio temporal de la humanidad, creo que podremos encontrar al primer escritor. Al que se animó a dar ese paso al futuro, que transmitió lo que había vivido y  partió la poesía, como un pan, al filo de la medianoche. El mismo que tomó conciencia y al dramatizar la pronunciación,  halló un lector. Y fue entonces que, de a poco,  la belleza empezó a ser una búsqueda interior.

El trabajo literario exige una gran concentración. Cuando debo poner en marcha las ideas en el papel, siento que debo aliviar un peso que me oprime.
A pesar de las bondades del idioma español con el que escribo, hay palabras que no quieren salir, por eso hay que enamorarlas. Eso es parte de la vida de un escritor. Muchas veces toca poner el hombro y cargarlas como bolsa de papas hasta el papel. Borges decía que publicaba para sacarse un peso de encima y tenía razón.

Considero que este trabajo por la expresión, está sintetizado en Jacob luchando contra el Ángel. El relato bíblico, imposible de datar, simboliza  a aquel que escribe, al que quiere decir algo distinto, al que confronta a su inspiración. En ese ir y venir, de golpes de puño, hay que jugarse la vida y ganar. Perder significa dejar sin efecto una historia, un relato, una visión.

El yo escritor nace en la lectura, en el coraje que hay que tener por construir en una forma literaria una constelación de significados. Quienes conocen la experiencia de leer un poema, han manifestado que a través de él se puede tener una visión única del mundo. Pero hay que tener todavía más valentía para traer del cielo a la tierra aquellas palabras, tibias, dulcísimas, que como vino dulce ella escancia, delicia fecunda, en la noche fría en que el poeta retorna herido de la batalla contra sus ángeles personales, a veces inventados, a veces reales.

miércoles, 8 de junio de 2011

Lágrimas de tarde (1)

Por Santiago Ocampos

La vida en unas lágrimas que caían como esperanza nueva, como sueño reflejado en las flores del agua. Las lágrimas bebían la boca, el espacio entre el cuerpo y las lágrimas. Porque las lágrimas eran de luna llena. La raíz profunda entrada en años. Las lágrimas tenían que ver con el mar. Las lágrimas eran un valle hecho de tiza. En la infancia. En la hoguera encendida de la poesía. De la adolescencia venían esas lágrimas comidas por la sal. Por la angustia de mirar al peregrino de la noche buena. Esas lágrimas parecían cuerpos hambrientos pidiendo en la puerta. Esas lágrimas tenían que ver con el sol. Con el crepúsculo en el perfil de las sombras. Esas lágrimas tenían la tibieza de las palabras. El corazón enjuagado, hecho harapos. Esas lágrimas eran el beso antes de pasar a la poesía ¡Como caían esas lágrimas por el rostro! Por el surco de vida labrado en el campo de las mariposas. De ilusión era el agua de ellas. De la sal venían. El equilibrio entre el cuerpo y la sombra eran las lágrimas. Y caían como lluvia anunciada. Eran un manantial secreto. Eran la luz de la tarde. Reflejo de poeta atrapado por la luz. El cielo pasado de lágrimas. Caricia de lágrimas que intentan imitar el alma. El lecho tendían las lágrimas que eran penurias de otros tiempos. Las lágrimas tocaban el rostro. Y eran un camino abierto sobre la tarde. La extenuada paciencia del cuerpo de la primavera al sentir esas lágrimas. Al poblar su valle con esas lágrimas. Con ese temor imprevisto, espontáneo, caliente. Las lágrimas volvían a las manos pidiendo permiso para sentir el tacto. La rutina de las cosas. El sol roto en la imagen última. La poesía que nacía. Que nacía sin tener otra cosa que las lágrimas. Las lágrimas finas recorrían la llanura. Los senderos del alma. Y las lágrimas crecían gordas, tiernas. Las lágrimas se tensaban al tocar el aire. Al despertarse contra el alma. Al sentir la prisa de la palabra. Las lágrimas eran blancas como las flores de luto de mayo. Las lágrimas tenían en la voz los años, el recuerdo en el espejo del poeta.