domingo, 7 de agosto de 2011

El Juglar

Por Santiago Ocampos


El juglar moja la garganta con

sal mezclada en alcohol. Ejercita un movimiento

una acrobacia de poesía. Entibia el pecho.

Se mira otra vez. El moño de color.

El circo ensayado de la sonrisa. La

pintura blanca bordando el desencuentro

de las pasiones.


El caballero, la espada y el sinfín

de silencios brotando en la madera

como un musgo. La cuchara apoyada

en la lengua diluyendo la infancia

con la saliva del amor.


Tu resuelta soledad estalla

contra el portón de la España Medieval.

Mis apuntes te buscan y siento

detrás de mí, que gira el juglar esperándome.

Tus ojos caen en la frontera de mi sueño.


El juglar afina las cuerdas, sobre todo

la cuarta, la más fina. La profunda concepción

de tu mirada presa de larga madrugada.




Se despide atravesando la puerta. La pobreza

y la poesía. La plaza del pueblo junta los

aplausos. El color prolonga la tarde.

El polvo es una espiral de batallas

ganadas en la intimidad del alma. Un caballo,

el Rey, el Cid, el beso repentino de Sherezade,

una y mil noches entregando el cuerpo de la

palabra.


Crepita la brasa del fogón…


El público exclama, presiente, se rinde

a la estrella que vino luego del beso,

esa misma estrella de la realidad

suelta las amarras del Puerto de Palos

y me suelta a mí antes de ir, antes de

verte, antes de golpear la puerta.


El juglar limpia su cara, el abrazo de la

memoria lo deja libre. Le devuelve una

copa de vino. La escanciadora lo busca

por el laberinto de la mente. Lo busca y

lo sigue pensando en un río. Le saca la ropa

de la voz, atrapa el equilibrio, rinde tributo

a la gracia precisa.


La lluvia cae en mi rostro, la toco

con los dedos. Mi lengua vacila. La

belleza es ceguera, es instinto. El deseo

recorriéndome por dentro.


Hay ruido, parece que alguien va a salir.


Desconozco la persona. Me dice que aquí

no vive. Cambio la flor por un manojo

de frío y me voy al país del recuerdo.

Arrojo desde allí el fondo del mar a la

caricia donde dibujaba el sol que me habías

negado entonces.


El juglar destaca su figura en el escenario

y baja el telón con la expiración salada

del viejo jardín del tiempo, con el olvido

llevando su cuerpo a los brazos del ocaso.