sábado, 10 de julio de 2010

Breve reflexión sobre la inmigración

Por Santiago Ocampos


Como decía la escritora Duvojne Ortiz, la inmigración es portadora de un sentido y como tal posee una subjetividad distinta al país que la aloja. Posee nuevos vínculos, formas distintas, vestidos distintos, religiones distintas. Sin dudas esto trae como consecuencia un reacomodamiento en el país huésped, provoca desigualdades entre los de afuera y los de acá, provoca un choque de visiones. La sociedad es un organismo viviente y como tal necesita un orden, una manera de funcionar, un equilibrio propio. El inmigrante rompe, rearma una nueva sociedad con sus propios pedazos, con su propia historia para hacer suyo lo que ya estaba.
Observando a la selección alemana de fútbol vemos que muchos de ellos ya no tienen esos duros apellidos alemanas impronunciables, hoy hay gomez, oezil, aogo, cacau, marin; africanos, serbios, bosnios, brasileros juegan a lo que jugaban sus padres en medio de las ruinas de la guerra o en las chabolas africanas, se adueñaron de un país, gambetearon la miseria y se sienten alemanes, juegan y sienten la camiseta, se sienten parte de lo que representa esa camiseta, de su historia, de su subjetividad. En otros casos la inmigración genera un fuerte rechazo producto muchas veces de prejuzgamientos o concepciones antropológicas desconocidas tanto para el país receptor como para el inmigrante como la controversia del uso del velo en las mujeres en Francia.
Es interesante, a modo de reflejo de esta tensión subjetiva entre la sociedad tradicional y la moderna, destacar un diálogo, que hoy podría darse en el seno de nuestras comunidades, descripto en el libro Etnología General de Argentina de Claudia Alicia Forgione:



“Recuerdo que una vez hablé con una india de alto nivel social sobre el matrimonio y la costumbre que ellos tenían de comprar la esposa con dinero y ganado. Todavía no había llegado yo a comprender totalmente la cultura india, y cuando la mujer habló de su precio, me dolieron las entrañas de que una colombiana (como yo) pudiera ser vendida por una vaca. De pronto me preguntó : - ¿Y usted? ¿Cuanto le costó a su marido? Yo le contesté (…):
-Nada. A nosotros no se nos vende. Entonces cambió totalmente el panorama: -Oh, qué cosa tan horrible, exclamó, ¿con que su marido no dio siquiera una simple vaca por usted? No es posible que usted no valga nada. Y me perdió todo el respeto; no quiso volver a tratar conmigo, porque nadie había dado nada por mí. "