sábado, 13 de agosto de 2011

Anaclara (dos)

Por Santiago Ocampos


“Ella escribe en las paredes resistir”. Ella tiene el fuego. En el alma. En las manos temblorosas tiene el fuego de los que callan a tiempo. La paciencia y la lectura polvorosa de los tiempos. La virginidad y todavía más. Ella entrega la luz al cuerpo. Ella no cree en la inocencia. Ella sabe mucho. De su fuego se vuelve tibia la noche. Y el columpio de la duda la mece más acá de las fronteras. Tiene lucha. Tiene compañía como los peces en el agua.
Ella junta el otoño y lo unta de miel y manteca. Ella tiene el caramelo en la boca. Ella tiene una palabra tejida de gorriones. Tiene el amor primero. Y lo ofrece. Ella colecciona estampillas. Las roba del correo. Interroga a las cartas su identidad. Su procedencia. Cartas que se pierden con sus miles de palabras entre las manos. Destino de serpientes y Antígonas que pasan por sus manos. Ella roba las estampillas y las pega en sus cuadernos. En las hojas que se leen por dentro. Ella tiene alas que crecen muy despacio, tan despacio que apenas se escucha cuando rozan la tierra.
Ella es princesa. Bañada. Fresca. Confunde las flores con el reflejo del sol. Ella es toda de nuevo para el recuerdo. El humo es una nube de algodón. Ella toca el cuerpo. La ausencia que reparte como si repartiera algo de su vuelo.
Ella va por el camino con el silencio a cuestas. Hace rato no habla. No quiere hablar. Ella cabalga a bordo del unicornio. Hasta la cerca. Hasta las puertas del palacio. Ella a bordo del unicornio va queriendo ser reina. Y ella es reina. Guardiana. Pueblo. Ella es de arena y de piel. Aprieta fuerte las crines del animal. Mira hacia delante. Se desnuda. Va contando las flores en ramitos para pegarlas en las hojas de su cuaderno alrededor de las estampillas. Ella moja el rostro en el agua. Ella se bebe el arroyo. Deja pastar su animal. Ella es la respiración de la mía.
Un grito la invade. La toma prisionera. La adormece. Le convida al grito las semillas. La pintura de Paris. Le convida el secreto. Le convida el encuentro. El abrazo. Al grito lo invita a galopar para que se olvide de sí mismo. El grito es un nudo. Ella se hace grito en el grito. El grito tiene sed. El grito es la crudeza. El grito pide el oro. El caballo. La ración de comida. El grito tiene hambre. El grito no es como ella. No es virgen. No es príncipe. No tiene páramo. El grito si tiene bandera. El grito es soberano sin territorio. Tiene voto. Tiene comezón de girasoles. El grito no tiene suficiencia.
Ella tiene el horizonte. No habla pero a través de sus ojos tiene por salir el sol jadeante de la madrugada. Tiene ojos y tiene horizonte y tiene madrugadas. Sus ojos están tapados. Ella tiene miedo. Me lo decía cuando tomábamos las estrellas y las atábamos a la cintura y con su rostro empapado de rocío dibujábamos las huellas sobre el papel. Huellas pesadas. Profundas. Hacíamos de nuestros cuerpos un mapa lleno de senderos. Y volvía en sí tan sólo cuando la palabra era lágrima.
Ella tiene ojos que desgarran, que quieren alcanzar el alma. Ella pone su alma en los territorios soberanos de la luz. Del amor. Esos ojos piensan. A esos ojos el horizonte se le viene encima. Desnudo. Pálido. Como una boca que intenta besarla. Y ese horizonte esta poblado. Es santo. Inmaculado.
Ella va al encuentro de su palabra arrastrando el alma. Ella es esclava del alma y como escribe prefiere no perderse ese gran horizonte que viene. Ella tiene el recuerdo de ese horizonte. En la casa de Medina. Apenas era una niña cuando lo sintió respirar. Ella no prefiere la memoria. Prefiere el recuerdo. El incienso fuerte. El olor a padre. El olor nómade de la sed.
“Ella escribe en las paredes resistir”. En las paredes de una estación de subterráneos antes de abordar el tren y ser el destino. Antes de que el hombre termine de contar el cuento de que alguna vez fue Sherezade. Princesa. Reina del recuerdo de un país que le pertenecía porque lo había soñado.

2 comentarios:

Alma Irigoyen. dijo...

Es una delicia leerte. Me hiciste acordar de esos cuentos de antaño, cuentos que ya no se cuentan. Me llevo las mil y una noches bajo el brazo.

ATREYU dijo...

Me encantó lo que escribiste. ¡Muy afortunada la "Ana Clara"!