lunes, 4 de marzo de 2013

Señor Escritor


Fuente: Agendaregional.com

Por Santiago Ocampos


Ricardo Güiraldes es conocido por escribir “Don segundo Sombra”, aquel libro de prolíficas imágenes donde el gaucho libre comienza a transformarse en un hombre moderno. Pero también fue un intelectual comprometido que buscó la génesis de la nacionalidad argentina mediante el lenguaje.
Para abordar su estudio debemos partir de tres grandes líneas. Primero, la influencia del ultraísmo que daría como resultado la revista Proa, que fundada junto a Jorge Luis Borges entre otros, resultó un fracaso en ventas. Existía en los escritores una profunda necesidad de abrirle las puertas a una nueva generación, capaz de inventar normas distintas de las anteriores.
Segundo, el Centenario de la Revolución de Mayo fue un acontecimiento político que trascendió y empapó a los pensadores del momento. Renovó el vocabulario y las concepciones del poder. Llegaron a la Argentina, desde Europa, diversas visiones culturales. Las clases sociales empezaron a moverse y los profesionales empezaron a reclamar su lugar dando a la historia uno de los más importantes dirigentes: Don Hipólito Yrigoyen, el caudillo radical, primer Presidente de la Nación electo por la Ley del voto universal.
En tercer orden, la literatura gauchesca daba sus últimos estertores en la incipiente Argentina del esplendor de la Sociedad Rural, que desfilaba sus carrozas y su riqueza frente a la Monarquía Española y otras autoridades del orbe mundial especialmente invitadas a la celebración de la argentinidad en 1910.
Lo que reflejaban las letras era otra cosa. Un mundo rural decadente que iba mutando sus actores en forma gradual. Crecían las ciudades y la industria requería oficios renovados. La migración interna y la externa eran iguales de pobres y con las mismas ansias de progreso.
El gaucho argentino siempre tuvo una naturaleza errante. Fugado o alzado de la justicia, no tenía patrón fijo y arriaba vacas por la paga. Eran expertos en manejar caballos, sabios y prudentes en sus acciones. Un tinte poético vive en el Martín Fierro retratado por las manos de José Hernández, o en Santos Vega cuando lo narra la pluma de Hilario Ascasubi. Representaban un ideal que fue perdiéndose al cambiar las condiciones del capital internacional.
Leopoldo Lugones calificó el género gauchesco, que se desarrolló principalmente en el siglo XIX, como una búsqueda épica de los orígenes. Podemos destacar así las payadas, verdaderos entuertos dialectales, donde dos hombres frente a frente demuestran sus habilidades para componer versos.
En Argentina Ricardo Güiraldes, tras conocer las preceptivas del ultraísmo, encontró en la figura del cimarrón de las pampas, un canto de rebeldía contra la rutina. La tarea fue entonces renovar la prosa a partir de lo viejo. Proscribió lo sentimental y simplificó la narración produciendo un texto crudo, realista y gráfico de una situación de cambio que venía experimentando el país a principios del siglo XX. En España, Dámaso Alonso dio por terminado el movimiento por encontrarlo falto de respuestas. En cambio, en Argentina posibilitó el surgimiento de una generación brillante de literatos.
La aparición de “profesionales de cuello blanco”, los hijos de inmigrantes, comenzó a incidir lentamente en la participación electoral hasta alcanzar el 41% en 1928. Saénz Peña reivindicó la identidad americana en 1912 y en Europa y Estados Unidos los argentinos comenzamos a ser ególatras. Aparecieron el alambre y los terratenientes. El tango, el atorrante y el cocoliche dominaban el léxico de los habitantes de los conventillos de Buenos Aires. Así eran los años, cuando el escritor, niño bien, hijo de estancieros, tomaba nota en sus múltiples viajes por el mundo.
En 1926, tras años de composición, da vida a Don Segundo Sombra, un personaje que viaja como el Quijote de Cervantes hacia algún lugar, desprendido del tiempo buscando su verdadera identidad para construir un adiós y a la vez denunciar la realidad social emergente. Con el fin de esta novela, Güiraldes se despide no habiendo nunca dejado de escribir lo que pensaba, a pesar de la inminencia de “la hora de la espada” en el horizonte.