viernes, 18 de enero de 2013

Gambeteando la memoria

Por Santiago Ocampos
 (Artículo publicado el 6 de enero de 2013 en la edición matutina del diario La Mañana Cipolletti)
http://www.lmcipolletti.com.ar/noticias/2013/1/6/gambeteando-la-memoria_53448


Osvaldo Soriano fue uno de los mejores escritores de Argentina. Escribió cuentos y libros memorables que pasan de generación en generación y son traducidos a diferentes idiomas. Exiliado en Europa, vivió en varias ciudades y trabajó en el diario Página12 junto a Osvaldo Bayer, Juan Sasturain, entre otros. Se fue demasiado pronto el querido “Gordo” pero no por eso su herencia deja de multiplicarse e inspirar a muchos escritores y estudiosos de la literatura.
Cipolletti es un lugar muy especial en la vida del literato. Allí vivió parte de su adolescencia, los años más importantes. En esas calles polvorientas de una incipiente ciudad, dedicaba sus horas a otro gran sueño: ser el número 9 de San Lorenzo de Almagro. El Gráfico llegaba de Buenos Aires unos días después de su publicación y el casi hombre se trepaba con agilidad al famoso peral “Rosebud”, donde pasaba horas de lectura imaginando los mejores trabajos de su futuro.
Todavía en los bares de Cipolletti, vecinos que lo conocieron siguen discutiendo si hizo o no aquel gol que grafica en las narraciones. Muchos poseen recuerdos entrañables, otros discuten y agregan anécdotas. Todos coinciden en la Motom de 49 centímetros cúbicos con la que recorría las calles y rumiaba a la hora de la siesta para luego contar las hazañas con ella en la confitería Zoia.  Era su compañera fiel como lo fueron las palabras y la memoria que le permitieron pasar más rápido la estadía fuera del país.
El escritor y periodista Pablo Montanaro un día tomó una decisión, fruto de una profunda admiración: escribir el libro “Osvaldo Soriano: Los años felices en Cipolletti”, que se presentó el año pasado en la Feria del Libro en esta ciudad. Montanaro empezó a recopilar testimonios, datos, fotos y a encontrar los lugares narrados. Un trabajo muy difícil pero que dio como resultado una biografía, una brújula en la telaraña de estrellas que el escritor tomó de de su imaginación y de la realidad.
Los testimonios permiten encontrar las raíces literarias de Soriano. Las que lo fueron tomando poco a poco, a medida que iba creciendo, junto a la inspiración y a la necesidad quemante de darlo todo mediante el arte de contar historias. Con una tensión narrativa sin igual, cuentos como “El penal más largo del mundo” fueron producto de un recuerdo que no tenían otra función que mantenerlo vivo. Montanaro encuentra una relación entre aquellos momentos inolvidables en Cipolletti y la concreción del relato. Un lazo embrionario que le permitió al escritor hallar más tarde los elementos necesarios y la destreza en la madurez.
En mayo de 1956, José y Eugenia Soriano llegaron a Cipolletti junto al pequeño Osvaldo, que viviría en un verdadero “Far West” como imaginaba al ver las películas de cowboys. Por ese entonces existían solo tres entretenimientos: el cine, las carreras de motos y el fútbol. No había asfalto y las tardes se debatían entre pegarle a la pelota con los amigos y el tiempo eterno arriba del peral de la casa.
A pesar de las palabras del mismo escritor, los amigos de ese entonces desmienten sus cualidades de futbolista. Eduardo Garnero decía “nunca fue un goleador, sino que fue un patadura del montón, como muchos de los muchachos que jugábamos”. Cesar Iachetti, otro de sus compañeros de secundaria, decía que el “Gordo” poseía un gran entusiasmo pero estaba lejos del crack que él decía ser. Estos testimonios no hacen otra cosa que demostrar la verdadera habilidad: la de transformar en leyenda las pequeñas cosas de la vida con el talento de un orfebre que descubre el poder de la palabra.
En la esquina de Mengelle y Alem, donde Soriano vivía, hoy funciona la oficina de la empresa de aguas. En la entrada, hay una placa junto al “Rosebud” donde al acercar el oído podemos escuchar el relato prodigioso, que la radio transmite contando la historia de un niño que pasa uno, dos, tres rivales hasta eludir al arquero e impulsar el balón tras la línea de gol corriendo a abrazarse con los compañeros.