sábado, 7 de diciembre de 2013

POESÍA MUNDIAL : BRASIL (GRUPO A) ; OSCAR NIEMEYER

OSCAR NIEMEYER

Arquitecto nacido en Río de Janeiro (Brasil) en 1907, recibió en 1989 el Premio Príncipe de Asturias de las Artes, falleció el 5 de diciembre de 2012 a los 104 años de edad. Su obra habla por él, poesía pura.




POESÍA MUNDIAL : BRASIL (GRUPO A) ; Clarice Lispector

SILENCIO

Por Clarice Lispector

Es tan vasto el silencio de la noche en la montaña. Y tan despoblado. En vano uno intenta trabajar para no oírlo, pensar rápidamente para disimularlo. O inventar un programa, frágil punto que mal nos une al súbitamente improbable día de mañana. Cómo superar esa paz que nos acecha. Silencio tan grande que la desesperación tiene vergüenza. Montañas tan altas que la desesperación tiene vergüenza. Los oídos se afilan, la cabeza se inclina, el cuerpo todo escucha: ningún rumor. Ningún gallo. Cómo estar al alcance de esa profunda meditación del silencio. De ese silencio sin memoria de palabras. Si es muerte, cómo alcanzarla.
Es un silencio que no duerme: es insomne; inmóvil, pero insomne; y sin fantasmas. Es terrible: sin ningún fantasma. Inútil querer probarlo con la posibilidad de una puerta que se abra crujiendo, de una cortina que se abra y diga algo. Está vacío y sin promesas. Si por lo menos se escuchara al viento. El viento es ira, la ira es vida. O nieve. La nieve es muda pero deja rastro, lo emblanquece todo, los niños ríen, los pasos resuenan y dejan huella. Hay una continuidad que es la vida. Pero este silencio no deja señales. No se puede hablar del silencio como se habla de la nieve. No se puede decir a nadie como se diría de la nieve: ¿oíste el silencio de esta noche? El que lo escuchó, no lo dice.
La noche desciende con las pequeñas alegrías de quien enciende lámparas, con el cansancio que tanto justifica el día. Los niños de Berna se duermen, se cierran las últimas puertas. Las calles brillan en las piedras del suelo y brillan ya vacías. Y al final se apagan las luces más distantes.
Pero este primer silencio todavía no es el silencio. Que espere, pues las hojas de los árboles todavía se acomodarán mejor, algún paso tardío tal vez se oiga con esperanza por las escaleras.
Pero hay un momento en que del cuerpo descansado se eleva el espíritu atento, y de la tierra, la luna alta. Entonces él, el silencio, aparece.
El corazón late al reconocerlo.
Se puede pensar rápidamente en el día que pasó. O en los amigos que pasaron y para siempre se perdieron. Pero es inútil huir: el silencio está ahí. Aun el sufrimiento peor, el de la amistad perdida, es sólo fuga. Pues si al principio el silencio parece aguardar una respuesta -cómo ardemos por ser llamados a responder-, pronto se descubre que de ti nada exige, quizás tan sólo tu silencio. Cuántas horas se pierden en la oscuridad suponiendo que el silencio te juzga, como esperamos en vano ser juzgados por Dios. Surgen las justificaciones, trágicas justificaciones forzadas, humildes disculpas hasta la indignidad. Tan suave es para el ser humano mostrar al fin su indignidad y ser perdonado con la justificación de que es un ser humano humillado de nacimiento.
Hasta que se descubre que él ni siquiera quiere su indignidad. Él es el silencio.
Puede intentar engañársele, también. Se deja caer como por casualidad el libro de cabecera en el suelo. Pero, horror, el libro cae dentro del silencio y se pierde en la muda y quieta vorágine de éste. ¿Y si un pájaro enloquecido cantara? Esperanza inútil. El canto apenas atravesaría como una leve flauta el silencio.
Entonces, si se tiene valor, no se lucha más. Se entra en él, se va con él, nosotros los únicos fantasmas de una noche en Berna. Que entre. Que no espere el resto de la oscuridad delante de él, sólo él mismo. Será como si estuviéramos en un navío tan descomunalmente grande que ignoráramos estar en un navío. Y éste navegara tan largamente que ignoráramos que nos estamos moviendo. Más de eso, nadie puede. Vivir en la orla de la muerte y de las estrellas es una vibración más tensa de lo que las venas pueden soportar. No hay, siquiera, un hijo de astro y de mujer como intermediario piadoso. El corazón tiene que presentarse frente a la nada sólito y sólito latir alto en las tinieblas. Sólo se escucha en los oídos el propio corazón. Cuando éste se presenta completamente desnudo, no es comunicación, es sumisión. Además, nosotros no fuimos hechos sino para el pequeño silencio.
Si no se tiene valor, que no se entre. Que se espere el resto de la oscuridad frente al silencio, sólo los pies mojados por la espuma de algo que se expande dentro de nosotros. Que se espere. Un insoluble por otro. Uno al lado del otro, dos cosas que no se ven en la
oscuridad. Que se espere. No el fin del silencio, sino la ayuda bendita de un tercer elemento, la luz de la aurora.

Después, nunca más se olvida. Es inútil intentar huir a otra ciudad. Porque cuando menos se lo espera, se puede reconocerlo de repente. Al atravesar la calle en medio de las bocinas de los autos. Entre una carcajada fantasmagórica y otra. Después de una palabra dicha. A veces, en el mismo corazón de la palabra. Los oídos se asombran, la mirada se desvanece: helo ahí. Y desde entonces, él es fantasma.

Pequeña Biografía
Clarice Lispector,  narradora brasileña nacida en Ucrania en 1920, de pequeña se trasladó con su familia a Recife. Después se instaló en Río de Janeiro, donde estudió derecho. Estuvo en Nápoles, trabajando en el hospital de la Fuerza Expedicionaria Brasileña, y después en Suiza y Estados Unidos. Su primera novela, escrita a los 24 años, Cerca del corazón salvaje (1944) la hizo merecedora del premio Graça Aranha. Después de publicar La manzana en la oscuridad (1961), despertó el interés de la crítica literaria, que la situó, junto con João Guimarães Rosa, en el centro de la ficción de vanguardia. En el contexto de la nueva literatura brasileña, su obra se destaca por la exaltación de la vivencia interior y por el salto de lo psicológico a lo metafísico. De su vasta producción literaria, desde La ciudad sitiada (1949) hasta La bella y la bestia(1979), merecen recordarse los cuentos Lazos de familia (1960, traducidos al español por Cristina Peri Rossi en 1988), La legión extranjera (1964), y las novelas La imitación de la rosa (1973), Agua viva (1977), La hora de la estrella (1977) y Un soplo de vida (póstuma, 1978). Murió en Río de Janeiro en 1977. 

jueves, 5 de diciembre de 2013

Poesía segunda

Por Santiago Ocampos

Con la noche y unos sueños
camina ella descalza por la dulzura
que dibuja mi palabra
sobre las pocas cosas que quedan libres
con el silencio y otros recuerdos,
que ruedan por la piel,
por la memoria, por la valentía,
por la tarde que no pasa nunca.

martes, 26 de noviembre de 2013

Poesía de noviembre

Por Santiago Ocampos

El día y todas sus horas futuras sin pasado
hinchado como un crayón de colores de
 peces, nubes y cielos nocturnos
que abren un mundo con  la yema de los dedos
 y el tiempo se despliega en una hoja en blanco
 constelación que sabe a menta
o a un mar que se sabe desnudo contra las orillas 
el silencio  brota de cielo florecido
de luz es la delicia que permanece 
todo noviembre camino al instante
un jardín hallado en el trazo desordena, agita el deseo
poesía prometida
ejercicio alado
caricia sentida
luz pequeña
presagio  y mirada
 toco y no veo
acrobacia del tiempo
escribí ayer para mañana
para vos y el instante gira
suspendido en el aire
y como todo de repente termina deteniéndose
por tu mirada que mira
por tu dulzura que va quedándose
sin pedir nada a cambio
en la poesía que todavía será. 


lunes, 18 de marzo de 2013

Artemisa Gentileschi, una mujer desconocida

FUENTE: LA MAÑANA CIPOLLETTI /8 DE MARZO DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER

http://www.lmcipolletti.com.ar/noticias/2013/3/8/artemisa-gentileschi-una-mujer-desconocida_55380

Por SANTIAGO OCAMPOS (*)

Es desconocida para muchos. El estudio de su vida como de su obra plantea siempre interrogantes, en muchos casos insalvables, para historiadores y estudiosos del arte. La biografía de la pintora que vivió durante la primera mitad del siglo XVII está teñida de numerosos aspectos que hoy podríamos considerar de primer orden cuando hablamos de los derechos de la mujer, de la libertad adquirida a lo largo del tiempo y de personalidades artísticas de la talla de Afonsina Storni, Gabriela Mistral o Griselda Gambaro.
En aquellos tiempos, en 1593, año en que nuestra protagonista nació bajo el nombre de Artemisa Gentileschi, hija de Orazio y de Prudentia Montone, la mujer no tenía otro objetivo en la vida que el de la estricta tarea de ser una buena esposa. Al morir su madre tempranamente y al ser la única niña del matrimonio, debió asumir las responsabilidades del hogar. A pesar de este destino, su talento y la predisposición a comprender los misterios del color le posibilitaron construir otra suerte. Sin embargo, la mirada extraña de sus contemporáneos perduró hasta el final de sus días, que la creían una señora de “costumbres liberales”.
A medida que fue creciendo en consideración, su padre también pintor, la sumió en un absoluto silencio. De pocas palabras, su cotidiana guarda se convirtió en una relación de deberes y obligaciones. Si bien pudo acceder a los elementos de pintura, su trabajo siempre estuvo bajo a la atenta mirada de su progenitor que tampoco pretendía que se convirtiera en la heredera de un talento familiar. 
Sufrió violencia física contra su integridad sexual. Agostino Tassi, cercano a la familia, la atacó mientras trabajaba en el estudio paterno. Un año después se llevaría a cabo el juicio en el que predominaron las miradas masculinas y la protagonista no obtuvo la conmiseración por su situación. La actuación llevada a cabo no deja claro si realmente fue un intento de restituir económicamente la dote mancillada o bien obtener verdadera justicia del abuso.
“Magdalena penitente” y “Judit decapitando a Holofernes” son algunos de sus trabajos destacados, donde se preocupó por retratar mujeres vívidamente naturalistas, influenciada por el talentoso Caravaggio. Siempre preocupada por temas que retrataran los sentimientos del alma femenina.
Trabó amistad con nombres importantes de la época. Cercana a los círculos de poder, sin contar ni con la sangre ni con un apellido ilustre, construyó gracias a su gran habilidad, importantes vínculos que le proporcionarían el dinero para seguir trabajando.
Acabó sus días pobre pero habiendo armado su propia carrera pública. Casó a sus hijas con importantes aristócratas y les enseñó el arte de la pintura. Su figura estuvo asociada a inequívocas leyendas producto de actitudes misóginas y del terror de los hombres ante una figura independiente aunque frágil y con una reputación que la sobrevivió.
Artemisa Gentileschi tuvo una vida digna de admiración. Conocerla es una reivindicación histórica. Fue una mujer que intentó cambiar el mundo a partir de las pinceladas con las que luchaba contra la incomprensión del mundo que la rodeaba mientras su amigo Galileo Galilei argumentaba, en las cortes eclesiásticas, que  el sol estaba en el centro del sistema planetario.


lunes, 4 de marzo de 2013

Señor Escritor


Fuente: Agendaregional.com

Por Santiago Ocampos


Ricardo Güiraldes es conocido por escribir “Don segundo Sombra”, aquel libro de prolíficas imágenes donde el gaucho libre comienza a transformarse en un hombre moderno. Pero también fue un intelectual comprometido que buscó la génesis de la nacionalidad argentina mediante el lenguaje.
Para abordar su estudio debemos partir de tres grandes líneas. Primero, la influencia del ultraísmo que daría como resultado la revista Proa, que fundada junto a Jorge Luis Borges entre otros, resultó un fracaso en ventas. Existía en los escritores una profunda necesidad de abrirle las puertas a una nueva generación, capaz de inventar normas distintas de las anteriores.
Segundo, el Centenario de la Revolución de Mayo fue un acontecimiento político que trascendió y empapó a los pensadores del momento. Renovó el vocabulario y las concepciones del poder. Llegaron a la Argentina, desde Europa, diversas visiones culturales. Las clases sociales empezaron a moverse y los profesionales empezaron a reclamar su lugar dando a la historia uno de los más importantes dirigentes: Don Hipólito Yrigoyen, el caudillo radical, primer Presidente de la Nación electo por la Ley del voto universal.
En tercer orden, la literatura gauchesca daba sus últimos estertores en la incipiente Argentina del esplendor de la Sociedad Rural, que desfilaba sus carrozas y su riqueza frente a la Monarquía Española y otras autoridades del orbe mundial especialmente invitadas a la celebración de la argentinidad en 1910.
Lo que reflejaban las letras era otra cosa. Un mundo rural decadente que iba mutando sus actores en forma gradual. Crecían las ciudades y la industria requería oficios renovados. La migración interna y la externa eran iguales de pobres y con las mismas ansias de progreso.
El gaucho argentino siempre tuvo una naturaleza errante. Fugado o alzado de la justicia, no tenía patrón fijo y arriaba vacas por la paga. Eran expertos en manejar caballos, sabios y prudentes en sus acciones. Un tinte poético vive en el Martín Fierro retratado por las manos de José Hernández, o en Santos Vega cuando lo narra la pluma de Hilario Ascasubi. Representaban un ideal que fue perdiéndose al cambiar las condiciones del capital internacional.
Leopoldo Lugones calificó el género gauchesco, que se desarrolló principalmente en el siglo XIX, como una búsqueda épica de los orígenes. Podemos destacar así las payadas, verdaderos entuertos dialectales, donde dos hombres frente a frente demuestran sus habilidades para componer versos.
En Argentina Ricardo Güiraldes, tras conocer las preceptivas del ultraísmo, encontró en la figura del cimarrón de las pampas, un canto de rebeldía contra la rutina. La tarea fue entonces renovar la prosa a partir de lo viejo. Proscribió lo sentimental y simplificó la narración produciendo un texto crudo, realista y gráfico de una situación de cambio que venía experimentando el país a principios del siglo XX. En España, Dámaso Alonso dio por terminado el movimiento por encontrarlo falto de respuestas. En cambio, en Argentina posibilitó el surgimiento de una generación brillante de literatos.
La aparición de “profesionales de cuello blanco”, los hijos de inmigrantes, comenzó a incidir lentamente en la participación electoral hasta alcanzar el 41% en 1928. Saénz Peña reivindicó la identidad americana en 1912 y en Europa y Estados Unidos los argentinos comenzamos a ser ególatras. Aparecieron el alambre y los terratenientes. El tango, el atorrante y el cocoliche dominaban el léxico de los habitantes de los conventillos de Buenos Aires. Así eran los años, cuando el escritor, niño bien, hijo de estancieros, tomaba nota en sus múltiples viajes por el mundo.
En 1926, tras años de composición, da vida a Don Segundo Sombra, un personaje que viaja como el Quijote de Cervantes hacia algún lugar, desprendido del tiempo buscando su verdadera identidad para construir un adiós y a la vez denunciar la realidad social emergente. Con el fin de esta novela, Güiraldes se despide no habiendo nunca dejado de escribir lo que pensaba, a pesar de la inminencia de “la hora de la espada” en el horizonte.

martes, 19 de febrero de 2013

Delacroix y la libertad

Fuente: Agenda Regional http://www.agendaregional.com/index.php/component/k2/item/1962-delacroix-y-la-libertad

Por Santiago Ocampos

Ocurren en algún momento alrededor del mundo. Los ataques a las pinturas obedecen a diferentes motivos. Disturbios psicológicos, razones religiosas, muchas veces políticas son los argumentos esgrimidos. Los pintores nunca dejan de ser hijos de una época y por eso opinan través de los colores, de las escenas de la literatura elegidas y de las figuras creadas.


En el Barroco, El Greco se ubicaba entre los personajes de sus cuadros, en los que se retrataba como un noble más. En Italia, Caravaggio expuso escenas bíblicas en un momento muy convulsionado de la humanidad donde los valores religiosos eran puestos en duda por el existencialismo de Descartes. Las guerras y las pestes aniquilaron poblaciones durante este periodo. El mismo movimiento sucede en literatura cuando Calderón de la Barca, Cervantes, entre otros, sostienen una postura ideológica por el sólo hecho de tener un mecenas benévolo.
Eugéne Delacroix era un artista que sufrió la marginación y el olvido. Su familia participó activamente en la decapitación de Luis XVI, en las gestas de la Revolución Francesa. Debido a esto, su obra “La libertad guiando al pueblo” fue despreciada por Luis Felipe de Orléans cuando accede a la monarquía tras la revolución de 1830.
En esta obra, donde se representa el levantamiento de Paris el 28 de julio de 1830 contra el Rey Carlos X, la libertad es transformada, por primera vez en la historia del arte, en una mujer de carne y hueso. Con los pechos descubiertos levanta una bandera con los colores de Francia por encima de un campo de hombres caídos. La unión de todas las clases y el sentimiento nacionalista triunfan victoriosos sobre la idea de una estructura de poder autoritaria. Es la igualdad y los principios socialistas que rigen en la figura y se traducen en colores y juegos de perspectiva que recuerdan a Goya.
El Estado francés la compró en 1831, unos años más tarde la devolvió al autor, luego devuelta al Director de Museos Nacionales y finalmente en 1863 expuesta en el Louvre tiempo después de morir el pintor. Jean Paul Sartre, Albert Camus y otros escritores han sido inspirados profundamente por esta imagen, que de alguna forma llevaron en sus palabras, al trabajar política y artísticamente el concepto de libertad. En definitiva, representa el magnífico aporte del pueblo francés a la cultura universal
El pasado viernes la extraordinaria obra sufrió un ataque en Lens donde fue puesta en exhibición. Consideran que la mujer que atentó contra la pintura padecía de cierto malestar psicológico. Sucede que considerando otros famosos ataques la postura es simplista. Este tipo de obras de arte reflejan momentos políticos muy convulsionados. Representan el orgullo de una nación y el prestigio adquirido. No es raro pensar que las razones estén encadenadas a situaciones políticas que lleven adelante los países europeos en el orden internacional o bien a opiniones contrarias a los que puedan expresar las pinturas.
Quizás, Delacroix entienda este hecho como una respuesta que nunca tuvo en vida por parte de las autoridades francesas, que lo despreciaron y lo intentaron correr de la historia. El Mayo francés lo terminó de consagrar con sus barricadas que él hubiera pintado a cambio del honor perdido.