viernes, 18 de enero de 2013

La memoria es una materia exquisita

Por Pablo Montanaro

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/subnotas/8128-1764-2012-08-05.html
Juan Sasturain y Pablo Montanaro en la 9na Feria del Libro de Cipolletti


Esos días de infancia y adolescencia que Osvaldo Soriano vivió en Cipolletti –ciudad rionegrina a la que llegó junto a sus padres en 1953– fueron decisivos en experiencias vividas, imaginadas o soñadas que después terminarían en sus libros.
Desde la esquina de Alem y Mengelle, bajo la sombra del peral que inmortalizó en el cuento “Rosebud”, El Gordo o El Chueco –como le decían sus amigos cipoleños– soñaba con llevar el número 9 en la camiseta de San Lorenzo de Almagro, ser relator deportivo a la manera de Osvaldo Caffarelli, Fioravanti o Alfredo Arostegui, mientras dejaba la escuela industrial para deambular arriba de su moto por calles y bardas de cara al viento y el frío patagónicos, y comenzaba a discutir con su padre acerca del futuro, del país “que no tenía remedio” –según aquel empleado de Obras Sanitarias que era su padre– y de aquella Argentina de la Revolución Libertadora, con proscripciones y proclamas que afirmaban que no había “ni vencederos ni vencidos”. En ese “verdadero Far West”, como definió a su pueblo, Osvaldo junto a sus amigos querían madurar pronto y triunfar “en alguna cosa viril y estúpida como las carreras de motos o el fútbol”. Su infancia fue un territorio sin literatura, donde en la biblioteca de su padre se amontonaban gruesos volúmenes de temas técnicos, intrascendentes para quien buscaba en las páginas de El Gráfico su destino de goleador o ser un audaz aventurero de las historietas que le ofrecían las revistas Fantasía, Misterix o Rayo Rojo.
Cipolletti, Allen, Barda del Medio, Neuquén y Plaza Huincul, entre otras ciudades, con el tiempo se convirtieron en los escenarios donde transcurren sus mejores relatos y novelas. La presencia de su padre, la infancia y sus juegos, la primera novia y la pasión futbolera se despliegan con intensidad, en la que no falta la épica y el humor en los textos del libro Cuentos de los años felices. Allí parece estar condensado aquello que podría denominarse “realismo mágico patagónico”.
Osvaldo Soriano: Los años felices en Cipolletti. Pablo Montanaro Ediciones Vigilias, 2012 92 páginas
En el jardín de su casa, en la esquina de Alem y Mengelle, todavía está erguido, entre otros árboles, su “Rosebud”, que en su última visita a la ciudad lo llevó a confesar, acaso conducido hacia su propio Aleph, que “podemos borrar o confundir las huellas de una vida, pero las llevamos a cuestas”. Y descubrió que lo que contaba no era el árbol sino “lo que hemos hecho de él”.
Sus amigos de aquel tiempo, sus compañeros de intensos partidos de fútbol e interminables cafés, volcaron sus recuerdos y anécdotas en este libro que recrea la vida de Osvaldo Soriano mucho antes de que se convirtiera en uno de los escritores argentinos más leídos y populares.
Seguramente a esos amigos Soriano dedicó las palabras finales del cuento “Casablanca”: “Ahora que se acerca el invierno lo único que puedo hacer es mirar viejas películas, leer viejos libros y evocar viejos partidos. No tengan piedad de mí: la memoria, si veraz y violenta, es una materia exquisita”.
Más de cincuenta años después de aquella amistad con el Gordo Soriano, sus amigos y compañeros de aventuras se entusiasman al recordarlo y aseguran haberlo escuchado afirmando: “Yo soy de todos lados, pero más de Cipolletti”.

Gambeteando la memoria

Por Santiago Ocampos
 (Artículo publicado el 6 de enero de 2013 en la edición matutina del diario La Mañana Cipolletti)
http://www.lmcipolletti.com.ar/noticias/2013/1/6/gambeteando-la-memoria_53448


Osvaldo Soriano fue uno de los mejores escritores de Argentina. Escribió cuentos y libros memorables que pasan de generación en generación y son traducidos a diferentes idiomas. Exiliado en Europa, vivió en varias ciudades y trabajó en el diario Página12 junto a Osvaldo Bayer, Juan Sasturain, entre otros. Se fue demasiado pronto el querido “Gordo” pero no por eso su herencia deja de multiplicarse e inspirar a muchos escritores y estudiosos de la literatura.
Cipolletti es un lugar muy especial en la vida del literato. Allí vivió parte de su adolescencia, los años más importantes. En esas calles polvorientas de una incipiente ciudad, dedicaba sus horas a otro gran sueño: ser el número 9 de San Lorenzo de Almagro. El Gráfico llegaba de Buenos Aires unos días después de su publicación y el casi hombre se trepaba con agilidad al famoso peral “Rosebud”, donde pasaba horas de lectura imaginando los mejores trabajos de su futuro.
Todavía en los bares de Cipolletti, vecinos que lo conocieron siguen discutiendo si hizo o no aquel gol que grafica en las narraciones. Muchos poseen recuerdos entrañables, otros discuten y agregan anécdotas. Todos coinciden en la Motom de 49 centímetros cúbicos con la que recorría las calles y rumiaba a la hora de la siesta para luego contar las hazañas con ella en la confitería Zoia.  Era su compañera fiel como lo fueron las palabras y la memoria que le permitieron pasar más rápido la estadía fuera del país.
El escritor y periodista Pablo Montanaro un día tomó una decisión, fruto de una profunda admiración: escribir el libro “Osvaldo Soriano: Los años felices en Cipolletti”, que se presentó el año pasado en la Feria del Libro en esta ciudad. Montanaro empezó a recopilar testimonios, datos, fotos y a encontrar los lugares narrados. Un trabajo muy difícil pero que dio como resultado una biografía, una brújula en la telaraña de estrellas que el escritor tomó de de su imaginación y de la realidad.
Los testimonios permiten encontrar las raíces literarias de Soriano. Las que lo fueron tomando poco a poco, a medida que iba creciendo, junto a la inspiración y a la necesidad quemante de darlo todo mediante el arte de contar historias. Con una tensión narrativa sin igual, cuentos como “El penal más largo del mundo” fueron producto de un recuerdo que no tenían otra función que mantenerlo vivo. Montanaro encuentra una relación entre aquellos momentos inolvidables en Cipolletti y la concreción del relato. Un lazo embrionario que le permitió al escritor hallar más tarde los elementos necesarios y la destreza en la madurez.
En mayo de 1956, José y Eugenia Soriano llegaron a Cipolletti junto al pequeño Osvaldo, que viviría en un verdadero “Far West” como imaginaba al ver las películas de cowboys. Por ese entonces existían solo tres entretenimientos: el cine, las carreras de motos y el fútbol. No había asfalto y las tardes se debatían entre pegarle a la pelota con los amigos y el tiempo eterno arriba del peral de la casa.
A pesar de las palabras del mismo escritor, los amigos de ese entonces desmienten sus cualidades de futbolista. Eduardo Garnero decía “nunca fue un goleador, sino que fue un patadura del montón, como muchos de los muchachos que jugábamos”. Cesar Iachetti, otro de sus compañeros de secundaria, decía que el “Gordo” poseía un gran entusiasmo pero estaba lejos del crack que él decía ser. Estos testimonios no hacen otra cosa que demostrar la verdadera habilidad: la de transformar en leyenda las pequeñas cosas de la vida con el talento de un orfebre que descubre el poder de la palabra.
En la esquina de Mengelle y Alem, donde Soriano vivía, hoy funciona la oficina de la empresa de aguas. En la entrada, hay una placa junto al “Rosebud” donde al acercar el oído podemos escuchar el relato prodigioso, que la radio transmite contando la historia de un niño que pasa uno, dos, tres rivales hasta eludir al arquero e impulsar el balón tras la línea de gol corriendo a abrazarse con los compañeros.


Hemingway



Por Santiago Ocampos

La luz contra la frente 
las palabras rotas por la imprudencia de las manos
la inspiración que llega a duras penas
 una figura dibujada contra los propios sentidos
atropellada de visiones, ternura y ron
la camisa desabrochada por  las sombras
un país tan grande como China el cielo para él
los barcos que son tragados uno a uno
por las olas violentas que evoca con placer
otro poco de ebriedad  y es un jardín babilónico
 con aliento a estrellas que huelen a caballos
 todo es un lento mecer a la creación, un peregrinar
del señor que se estrena con un beso secreto
 la mirada fija en el camino que sube al final
de la novela en la que sobreviven todos por culpa de él
 con el final de sus días emprende con todo su peso
quizás, tal vez, la última corazonada de inspiración
exhausto sobre las arenas calientes
 muerto de sed
  dejando caer su cabeza sobre las páginas abiertas.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Coraje Literario –Breves palabras en honor a Carlos Fuentes-


Santiago Ocampos –Desde el Círculo de Escritores del Comahue-

Que podríamos decir de Carlos Fuentes. No restan más palabras en algún diccionario para dignificar su tarea, para asemejarla. Quienes hemos compartido horas de lectura con alguna de sus novelas sabemos de la genialidad de este hombre. Voraz encantador de verbos, significaciones y reelaboraciones, de historias con personajes tan sencillos como Laura Díaz o tipos de la talla de Artemio Cruz.
Partícipe necesario del boom latinoamericano de los 60, sus novelas abrieron puertas y rompieron candados. Inspirado por  las musas desnudas de un país hermoso y contradictorio que es México. Hinchado de preguntas intentó responder en cada página, en cada accidente geográfico, en cada mar embravecido, las respuestas a una cultura donde el indio y el europeo tocaron sus lunas en la noche de las lágrimas de Guatemazín.
Entre sus manos pasaron muchos hechos importantes que marcaron la humanidad para siempre. Pero los de la propia sangre siempre tiran más. Por eso la Revolución mexicana tuvo su épica en los soldados de Zapata por el sur y Pancho Villa por el norte.  Y claro, Tlatelolco, la matanza de aquellos jóvenes que protestaban por algo que tuviera que ver con lo latinoamericano y no sonara a gringo.
Desde la Patagonia quisimos imaginarlo por un rato entre nosotros. Con su voz y su aplomo de escritor fecundo, que no dudaba de que estaba escribiendo para la historia, la nuestra, la de todos los días, la de aquellos que están descubriendo como él, en la intimidad de sus conversaciones, antes de cruzar un semáforo, que vivir sin escribir no se puede aunque con decirlo no alcanza, hay que tener fiebre, pasión y sobre toda las cosas agallas.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Sin llaves




Por Santiago Ocampos

Un vestido cae
sobre una boca abierta
que lo engulle desesperado
que lo va desabrochando del tiempo
que arrastra consigo el recuerdo de la noche
como un gemido único, timido, aullado
constelaciones que se tocan ardientes
 y se dibujan en la espalda que ahora desnuda
tiene frente a sí el destino marcado
por la violencia de la palabra,
la casa paternal es evocada como vientre
del que salen amapolas y otros relatos nocturnos,
 sueños y caricias ajadas que cortan con el filo de sus intenciones
que ahora convencen a la luna para que entregue
 su reflejo sobre el vidrio de la ventana,
los cabellos sueltos chocan unos y después otros
en la superficie de los dedos que huelen a arena mojada
 que lo hacen todo más difícil al demorarse,
este es el momento para que Barbazul la tome de la cintura
y la arroje dentro de la habitación de sus ojos grandes
quebrándole el cristal con que su alma sostiene su  mujer
que ahora está en manos de él y que hace
 añicos con sus besos voluntariosos.

domingo, 29 de abril de 2012

Levantando la vista -Carta abierta-




Por Santiago Ocampos

La columna La Calle Literaria de Agenda Regional es un espacio pensado y creado para dar prioridad a los escritores locales que publican con un gran esfuerzo sus obras buscando superarse día a día. Muchas veces la injusticia que vivimos en el interior del país, la famosa argentina profunda que se ve relegada de las decisiones tomadas en Buenos Aires por dirigentes desconocidos; una de ellas es el mundo editorial totalmente ajeno a los talentos y valores que a diario demuestran sus condiciones en eventos hechos a pulmón y en encuentros de escritores donde la ronda del fogón renueva la literatura argentina bajo la herencia de grandes maestros. No todo pasa en Buenos Aires. Me gustaría que alguna vez las editoriales, las grandes, las pequeñas, a las que les interesa Buenos Aires y sus escritores, empiecen a mirar con otros ojos a nosotros los que escribimos y hacemos que la cultura no sea un privilegio, viva y resucite todos los días. Ahora que Internet ha hermanado las distancias y acerca con fluidez lugares que no podían comunicarse. El tema es viejo y es parte de la deuda interna. Marginar a los escritores por asuntos económicos u otros argumentos sin justificación, excluye y viola el derecho a la expresión  garantizado en la Constitución Nacional. La tutela de esto es el compromiso que asumimos cuando publicamos libremente ideas y reconocemos la belleza como un fenómeno comunicativo. Merecemos al menos una mirada  La Feria del Libro no debe ser una fiesta de 20 días debe ser una política constante, continua y perseverante de inclusión social y sobre todo de reparación histórica.
Los invito a conocer este rincón del país a través de los ojos de sus propios protagonistas, los literatos que hacen de la poesía y la narrativa una manera de cambiar la realidad.

domingo, 12 de febrero de 2012

Niño poeta

Por Santiago Ocampos


Con la penumbra entre los dedos
 el sendero de la inspiración es una promesa
 la noche rota de frío en la ventana
 un pequeño augurio el aliento del trabajo
Intento de principiante,  panes duros, platos vacíos
Contra la mesa un ruido anterior de almendras partidas
 un hondo olor a ropa vieja invade el fuego
la nada es una mirada que la precede
Mientras cae la oración sobre la madrugada
un niño juega a ser poeta en el futuro.